miércoles, 22 de diciembre de 2010

DISCURSOS DE JOSÉ ANTONIO DEL MORAL Y DE MAITE ALFAGEME EN EL ACTO DE ENTREGA DE LOS PREMIOS DEL CLUB ALLARD

 Maite Alfageme, 
subdirectora del diario La Gaceta-Intereconomía
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José Antonio del Moral:
Distinguidos miembros del Club Allard; querido amigo y compañero Andrés Amorós, Presidente e ilustres componentes del Jurado; maestro y asimismo muy querido amigo Enrique Ponce, titular del Premio: compañeros de la crítica y amigos aquí presentes. Buenas noches y muchas gracias por vuestra presencia.
Me siento muy feliz esta noche al recibir este premio que supone un extraordinario reconocimiento a una labor que vengo llevando a cabo desde hace más de 40 años. Un premio que, además, me llega en un momento crítico e importante en mi larga carrera después de más de diez años de travesía de uno de los desiertos que he padecido en mi vida profesional.
Sé perfectamente por qué he coleccionado tantos. Porque nunca tuve, ni tengo ni tendré miedo a decir lo que pienso aún reconociendo lo carísimo que resulta sostener este valor que me inculcaron mis padres.
Por eso y pese a los muchos disgustos que me he buscado por ser como soy, también tuve y sigo teniendo ese sentido reconfortante que depara la tranquilidad de conciencia porque, por encima de todo, siempre tuve presente que para ejercer la crítica era imprescindible el conocimiento como soporte de un ejercicio que resulta imposible sin libertad ni independencia.
La sabiduría, por amplia que sea, no sirve para nada si no se utiliza con total sinceridad.
Reconozco que, mientras padecí tantos desiertos y durante el último más que nunca, me llegaron momentos de zozobra e incluso serias tentaciones de dejarlo todo pese al constante apoyo sentimental que me proporcionaron las muchas personas que me alentaron con sus mensajes y comentarios sobre mis crónicas y artículos que escribí en sucesivos portales y diarios de la red, en creciente e imparable tarea desde que pude hacerlos refugiado en internet.
Pero mira por donde, cuando creí que ya no tendría más oportunidades de escribir en un diario impreso, recibí la llamada de alguien que me conocía íntimamente desde hace muchos años, mi querido amigo Carlos Dávila, y aquí me tenéis ejerciendo la crítica en La Gaceta que, sin lugar a dudas, es actualmente el medio que con más fuerza y nitidez defiende la libertad y la independencia de cuantos tenemos la inmensa suerte de escribir en él.
Parece que Dios me tenía reservada esta gratísima sorpresa, como también este premio que hoy recibo. Un premio que es la guinda de una tarta con sabor de renacimiento.
Y es que ahora mismo me siento como un niño con zapatos nuevos porque gracias a La Gaceta, a su director, a los subdirectores, a todos los compañeros de la redacción y a cuantos componen el mundo del Grupo Intereconomía, no he tenido que perder el respeto a mi mismo ni renunciar al ajeno. Y eso es un tesoro que los que no ejercen el periodismo no saben lo mucho que supone porque lo supone todo.
Claro que, la afición a los toros nunca fue para mí un medio de vida, sino un modo de vivir.
Yo llegué al periodismo desde mi afición y no al contrario como la mayoría. Y por ello también tuve muy presente la necesidad de trasladar mis conocimientos a los demás.
Conocimientos que yo he tenido la inmensa suerte de adquirir gracias a todos mis maestros que han sido y siguen siendo los toreros, los subalternos, los ganaderos, los mayorales y cuantos profesionales desde que era niño tuve la carísima oportunidad de tratar íntimamente. La mayoría de ellos, las más grandes figuras de mi tiempo con las que tuve y tengo confiada amistad: De todos ellos aprendí lo que sé, sin despreciar, por supuesto, lo que aprendí de mi padre y de viejos amigos, grandes aficionados, junto a los que vi muchísimas corridas, así como de los libros de mis escritores taurinos preferidos, al frente de los cuales sitúo a don Gregorio Corrochano.
Desde mi niñez y juventud al lado de Antonio Ordóñez, hasta mi más avanzada madurez junto al más joven José María Manzanares de estos días. Con todos tuve y tengo oportunidad de comentar los avatares de la lidia tras sus respectivas actuaciones.
Desde don Atanasio Fernández. don Álvaro Domecq Díez y Felipe de Pablo Romero a todos sus descendientes pasando por otros magníficos criadores de toros bravos con los que, a su lado, presencié y comenté centenares de tentaderos.
Desde los hombres de plata y oro de a caballo que formaron parte de sus cuadrillas o les ayudaron y sirvieron en los campos ganaderos entre los pasados y los más modernos.
Así pues, los grandes profesionales fueron y continuarán siendo mis principales profesores y de ahí que yo siempre haya tenido la necesidad de trasladar sus enseñanzas a cuantos quieran aprenderlas.
Sé que a muchos les parecerán peligrosas tantas connivencias en el ejercicio de la crítica por aquello de lo que puedan influir las preferencias. Pero confieso que, en mi caso, siempre fue una elección interesada porque los grandes casi nunca te dejan en ridículo como tampoco uno cae en la exageración al elogiarlos. Y es que casi nunca están mal. Podrán perder trofeos por el mal uso de la espada, podrán pasar más o menos ostensibles fatigas frente a toros imposibles, podrán padecer algún bachecillo que otro o declinar al final de sus carreras. Pero en lo que casi ninguno falla es en sacar partido brillante de las reses que se prestan al lucimiento entre el abanico que comprenden los pocos toros muy buenos, los buenos y los regulares que son la mayoría de cuantos lidian.
De entre los más encomiables maestros por casi milagrosamente regulares en el triunfo y capazmente amplísimos frente a cualquier clase de ganado que he tratado de muy cerca, sobresale el ya histórico Enrique Ponce a quien tuve la dicha de conocer y seguir por todas las plazas del mundo desde que era un niño hasta estos mismo días de su impresionante e inigualada permanencia en la cumbre del toreo. Ejemplo de lo que digo, no solo por ser el titular del premio que me dais hoy, sino por lo que supone su impar magisterio tantas veces demostrado.
En mi opinión, en la crónica taurina son mucho más importantes los aspectos didácticos que el siempre lucido sensacionalismo que deparan la denuncia de supuestas corruptelas o de incumplimientos reglamentarios. Textos sobre los que un día me dijo Paco Ojeda que eran una cosa que solo sirve para los que no entienden de toros.
Y también ser capaz de trasladar a los lectores las emociones que uno siente en la plaza para que a los que te leen, le quede parecida impresión que si hubieran asistido a la corrida, y a los que sí la vieron, les sirva para identificarse con cosas que no descubrieron en el momento de producirse.
En la incesante búsqueda de todo esto, es más que un honor recibir un premio que lleva tu nombre, Enrique.
Que Dios te guarde como mereces; que sigas siendo un ejemplo para todos nosotros como persona y como torero y que uno lo vea para celebrarlo por mucho tiempo.
Y nada más sino repetir las gracias y pedir a mi querida Jefa y subdirectora de La Gaceta, Maite Alfageme, que venga aquí para que en nombre de Carlos Dávila, forzosamente ausente en este acto por obligaciones familiares, y en el de toda la Redacción de La Gaceta, comparta este premio junto a mí. Un premio, querida Mayte, que también es para todos los que hacemos el periódico que, actualmente, es el que más ilusionadamente está creciendo en un momento muy delicado para la prensa en general.
Muchas gracias, mi más cordial enhorabuena a los, esta noche, también premiados y un abrazo para todos.
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DISCURSO DE MAITE ALFAGEME
Buenas noches a todos:
Hace un año, Carlos Dávila me consultó la posibilidad de nombrar a José Antonio del Moral crítico taurino de La Gaceta, un periódico que, como sabéis, se reinventaba a sí mismo con auténtica y decidida vocación de hacerse un hueco entre los grandes diarios nacionales. En aquel momento, Dávila tenía absolutamente decidido fichar a José Antonio…, entre otras cosas, porque le conocía de muchos años atrás, y porque sabía de su profesionalidad, de su independencia, de su honradez y de su indiscutible calidad como crítico taurino… Pero el director de La Gaceta tuvo la deferencia de consultarme aquella decisión – cosa que le agradezco de corazón -, porque, con el tiempo, esa decisión se ha revelado, sin duda, como una de las más acertadas de las muchas que tuvimos que tomar en aquellos días, en los que nos propusimos reinventar y construir un periódico nuevo que, felizmente, ya es una realidad tangible, con peso específico, con personalidad propia, y con una influencia nada despreciable – perdonen la inmodestia – en el mercado de la prensa diaria nacional.
José Antonio del Moral ha aportado mucho a La Gaceta. Ha aportado su experiencia de tantos años por esas plazas de Dios, su indiscutible prestigio, su reconocida condición de crítico objetivo, cabal y, por encima de todo, insobornable. Algo que, como muy bien sabéis, no abunda precisamente en los tiempos que corren. Y ha aportado, acaso lo más importante, su faceta de hombre bueno y su señorío, dos cosas que, desgraciadamente, tampoco abundan hoy en día.
José Antonio, sabes que nos gusta verte aparecer por la Redacción, entre feria y feria, con tu sonrisa de siempre, tus chaquetas de buen paño, y tu cordialidad a prueba de malos humos entre los redactores de cierre, a los que, por cierto, sigues haciendo sufrir lo que no está en los escritos con esa manía tuya de rematar la faena de la crónica al borde del cierre.
En La Gaceta – y lo digo en nombre del director, Carlos Dávila, y en el mío propio – nos sentimos muy honrados de tenerte entre nosotros, nos sentimos especialmente orgullosos de haber resistido a determinadas presiones, y de habernos empeñado, literalmente, en que tu firma, tu prestigiosísima firma, engrandecería y siga engrandeciendo las páginas de nuestro periódico -espero que por muchos años…-.
Así que sólo me queda darte la enhorabuena por este premio…, y las gracias, gracias sinceras.
El gusto es nuestro, querido Del Moral. 

José Ántonio del Moral, Enrique Ponce, y Javier Hurtado

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