lunes, 28 de marzo de 2011

La aparente facilidad de estar delante del toro / Por Pedro J. Cáceres


La aparente facilidad de estar delante del toro

Por Pedro J. Cáceres
La crisis es la antítesis al arte de torear si es que uno de sus fundamentos es el temple. Pablo Lozano definió el temple como la pócima que da fuerza al que no la tiene y reduce la del “sobrao”. La crisis, sus efectos, están en las antípodas. El temple del que carece Zapatero, lidiando la crisis con “tironazos” y enganchones continuos, trapazos, insufla vitaminas a los especuladores ( “botines”, “florentinos”, etc.) y arruina a la sociedad; cuanto más débil, más.

Las Fallas, parece, se han salvado. Y lo harán las grandes ferias. En consecuencia los protagonistas, de todo tipo y condición, que han tenido —tengan- el privilegio en función de su estatus taurino de participar en el gran circuito aseguran, al menos, su estabilidad. Son una minoría.

Con este panorama y en la seguridad que el número de festejos de menor rango va a descender traumáticamente, los subalternos andan, a fuer de preocupados, mosqueados; entre ellos mismos. Y no les falta razón.

El Ministerio de Cultura ya ha movido ficha en el proceso de traspaso de competencias provenientes de Interior; escasas. Una de ellas es el pupilaje del Registro de Profesionales, y los auxiliares han mostrado su recelo por entender se pueda fomentar el intrusismo: “papeles para todos”.

El pasado viernes la gran patronal taurina se reunió con el peonaje para convenir la necesidad de congelar los salarios vista la situación y las peores previsiones. En un ejercicio de responsabilidad, no por sorprendente a de fintarse el elogio, se acordó la hibernación. Si bien, a cambio, se pidió ayuda a los empresarios para intentar resolver problemas internos incapaces de solventar por ellos mismos como el ascenso sin freno de los que van “por el tubo”: cobrando menos de los mínimos estipulados. Se supone que tras acuerdo pactado con su matador entendiendo que este también se contrata por “el túnel”.

Asunto conocido, nada nuevo, con síntomas de crónico, ambos casos, y en el que los jefes de cuadrilla siempre miraron para otro lado. Se pidió a los empresarios retuvieran los sueldos de los subalternos en la liquidación a efectuar al matador para depositar estos en el Sindicato y que este, tras verificar el cumplimiento del salario mínimo, proceder a su pago al asociado, o no. Porque no todos militan en el Sindicato.

Parece que la petición no se atiene a la legalidad, por lo cual ni se estimó, ni tampoco se desestimó; stand by. Por otro lado los destinatarios del “clavo ardiendo”, los grandes empresarios, no son los “habilitados” de la hacienda taurina más sospechosos de pagar por debajo de los mínimos; ni que sus contratados, las figuras, procedan, acordado o no, de tal guisa con su gente.

Ni mentar “la bicha” de un ERE general que reduzca plantillas en espectáculos de niveles inferiores, para empezar, y abaratar costos para una racionalización del reparto de la taquilla con arreglo a convenio. Ni una depuración gremial interna en base a una cualificación objetiva.

Es una “tauromaquia sumergida” fundamentada, hoy más que nunca, en la necesidad de sobrevivir; en este sector como en todos. Agravado en el toreo por unos escalafones hiperpoblados donde la competencia es por un “mendrugo de pan” adquiriendo tintes dramáticos.

El toro de hoy, y como consecuencia la jibarización de la corrida actual provoca que cualquiera con el mínimo valor, o la máxima necesidad, y un cursillo de parca capacitación esté listo para calzar taleguilla.

Y las escuelas de tauromaquia, sin control selectivo en la base, incapaces de sacar toreros de escalafón, son las “pateras” hacinadas de chavales que cada año desembarcan primero en la “mendicidad del oro” para, al tiempo, tener “papeles”, legitimarse con “la plata” y buscarse la vida a cualquier precio; total, “un capotazo por aquí, un chicotazo por allá, una banderilla al relance (luego pongo la otra), y si medio me tengo en lo alto de un percherón, con un sobresalto por tarde, y no todas, me hago picador”.

Ahora están proliferando dentro de las escuelas oficiales, otras clandestinas (ad hoc), y otras iniciativas voluntaristas, cursos para lo que llaman aficionados prácticos (previo pago de las clases, por supuesto). A nadie extrañe que cualquiera de los alumnos, bombero, panadero, albañil, etc. acechado por el paro busque su futuro como torero.

Luego está el negociado de los “mozos de espada” ( y sus secretarios, los “ayuda).

Por esas cosas inescrutables que tiene los sindicatos de sumar y sumar para dar sensación de fuerza y unidad, en la Unión de Picadores y Banderilleros militan indivisiblemente los “mozos de espada” ( y sus secretarios, los “ayuda”).

Estos no tienen que tener los mínimos de valor o conocimiento para pisar el albero con un animal en plaza, con lo cual la capacitación es mucho más primaria dando abono para que germine un “mozo de espadas” en cualquier barbecho, o —generalmente- en la huerta familiar; al fin y al cabo es un sueldo, o dos, de obligado cumplimiento, pues que todo quede “en casa”.

Parece que el único riesgo que asume el matador es que vaya “mal vestío”. Se colige del lamento del representante sindical de los mismos en la citada reunión al que el empresario Eduardo Canorea intentó aliviar: “pues tan difícil no será”, sentenció.

Pues eso, lo que dijo Canorea, da la impresión que ponerse delante del toro — o a un lado-, o detrás del torero —para vestir y darle los trastos- tan difícil no debe ser. Lidiar, picar, banderillear, torear es más complicado. Y da la impresión que muchos ni lo asimilan ni lo ejercen.

Cuando el del tendido, osadamente o no, piensa que “eso” lo puede hacer él, el espectáculo se devalúa, el roto y el descosido se equiparan y cualquier agujero es trinchera; de oro, de plata, de azabache, de hilo; con un jaco entre las piernas, o haciendo la silla.

Ustedes mismos.

¡Ah!, y sigan vetando plazas, que andamos sobrados de producción.

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