viernes, 21 de enero de 2011

Los Toros: abogados de la democracia / Por Enrique Pallares H.


Los Toros: abogados de la democracia


Por Enrique Pallares H.
 
La democracia en el Ecuador ha llegado a una fragilidad solamente comparable con la magnánima prosperidad de sus carreteras. Podríamos hablar de los gravísimos problemas del sistema judicial, pero por ahora, el ínfimo dilema de los toros nos sirve como una clarísima metáfora para los problemas más fundamentales de nuestra querida sociedad. Los toros, curiosamente, han llegado a ser abogados de nuestra salud política y social, de nuestra febril democracia, pero -como sucede con todo lo bueno- lo malo le acecha y desgraciadamente en ciertas películas solo ganan los malos. 

Podríamos exhibir, como se ha hecho una y otra vez, todas las razones por las cuales los toros deberían permanecer latentes en las entrañas de la cultura de nuestro país. Pero esto no se trata de toros. Se puede hablar de la inconsistencia de los protectores de animalitos, de la alevosa ignorancia de quien levanta el dedo como ametralladora para acribillar a la fiesta taurina con veredictos, sentencias y ligerezas, mientras por la comisura de su boca le chorrea la mayonesa de un sánduche de jamón, jamón de un chancho torturado a lo largo de toda su fugaz vida. Pero no cabe hablar de estas contradicciones. Podríamos también mencionar el común ejemplo de las langostas y los cangrejos, que mueren lentamente abrazados por bullentes brazos de agua para satisfacer los fetiches culinarios del hombre. Pero el problema de los toros va más allá de los toros.

Podríamos hacer un breve ejercicio antropomórfico y -con el permiso de Islero- pretender ver el mundo desde el punto de vista de un animal. ¿Sería acaso preferible vivir 12 o 18 meses bajo los techos de zinc de un galpón o dentro de los confines de un feedlot y morir como un número más para servir a la voracidad de un humano acostumbrado a comer carne tres veces al día? ¿O sería mejor vivir en las faldas de un cortijo forrado con pasto verde, robles y cipreses para morir al cabo de cuatro o cinco años en una pelea de quince minutos con opción de ganarla, con todo el honor que merece una muerte, aceptando nuestra condición de mortales, que es la única certeza que tenemos? La realidad de la condición, no solo humana sino de todo ser viviente, es que el sufrimiento es absolutamente inevitable, no importa cuánto avance la ciencia y la civilización. Los toros son un ancla a esta verdad ancestral, pero para qué balbucear verdades irrelevantes en tiempos de mentiras y falsos profetas...

Sin duda muchos preferirían, y de hecho eligen en sus propias vidas, el ser la vaca del feedlot al toro bravo. Esto no es sorprendente en un mundo moderno infestado de habitantes fantasmagóricos y pusilánimes. Yo elijo, con los humildes cojones que debo a mi padre y a mi madre, decir “no.” Podríamos también mencionar las razones culturales y artísticas por las que la fiesta taurina es esencial, no solo para el Ecuador, sino para todo el mundo, pero estas razones rayan más en la subjetividad y se basan en la errónea asunción de que todos los seres humanos aprecian el arte y la cultura.

Los toros no son sencillamente un deporte, eso es clarísimo. Se escucha decir por los zaguanes y pasillos del mundo que los toros son un arte, y lo son. Sin embargo, los toros tampoco son sencillamente un arte. Los toros tienen una verdad filosófica mucho más profunda y general que la apreciación artística. La corrida de toros pone al alcance del mundo un espectáculo que nos permite ver de frente y a los ojos a la verdad más cruda de la vida: la muerte. Podríamos ponernos a explicar esto mucho más, y explayarnos sobre la importancia de conocer esta verdad. Sobre todo en un mundo que le tiene tanto miedo a la muerte que la atrinchera detrás de las impenetrables paredes de acilos de ancianos, mataderos y hospitales. Le tenemos más miedo que nunca. Eso, perdonen la franqueza, está mal. Seguramente será porque soy demasiado joven, pero sí reconozco que viendo vis a vis la inminencia de la muerte, deben dar unas ganas terribles de salir corriendo despavorido. Sin embargo, esto no quiere decir que debamos rechazarla y pretender que no existe. No debemos dejar que el miedo a la muerte dicte nuestras acciones en la vida. Al fin y al cabo es inevitable.

Podríamos también hablar de las razones darwinistas por las que abolir la fiesta taurina es un error titánico, pues el magnífico toro de lidia (supuestamente tan querido por los protectores de animalitos), se extinguiría sin la fiesta de los toros. Aquí podríamos hacer otro pequeño ejercicio antropomórfico y preguntarle al Toro si su extinción sería deseable. El toro seguramente preferiría existir. Pensar lo contrario sería la acción más nihilista e ingenua del mundo. ¿Acaso no somos nosotros, de alguna manera, toros de un ganadero más formidable? No por esto sería preferible que el ser humano deje de existir. Y si ustedes creen que sí, entonces levantemos las mesas, cerremos las cortinas, metamos una bomba en el corazón de este pobre planeta carente de sentido y vámonos.

Podríamos hablar de que el prohibir los toros en el Ecuador es más un ataque francotirador por parte del gobierno dirigido a un hombre de negocios bastante conocido. Pero esto también se subordina al presente hecho. Podríamos sin duda mencionar una infinidad de razones por las que los toros deberían prevalecer, pero en el caso particular del Ecuador debo recurrir a un fantástico punto que mencionó Mario Vargas Llosa en su artículo “Torear y otras maldades” publicado en el diario El País el 18 de abril del 2010.

“Pero todas estas razones valen poco, o no valen nada, ante quienes, de entrada, proclaman su rechazo y condena de una fiesta donde corre la sangre y está presente la muerte. Es su derecho, por supuesto. Y lo es, también, el de hacer todas las campañas habidas y por haber para convencer a la gente de que desista de asistir a las corridas de modo que éstas, por ausentismo, vayan languideciendo hasta desaparecer. Podría ocurrir. Yo creo que sería una gran pérdida para el arte, la tradición y la cultura en la que nací, pero, si ocurre de esta manera -la manera más democrática, la de la libre elección de los ciudadanos que votan en contra de la fiesta dejando de ir a las corridas- habría que aceptarlo.” (Mi énfasis)
Vargas Llosa continúa hablando de lo intolerable de la prohibición:

“La restricción de la libertad que ello implica, la imposición autoritaria en el dominio del gusto y la afición, es algo que socava un fundamento esencial de la vida democrática: el de la libre elección.”

Aquí debo hacer un necesario paréntesis porque sin duda mucha gente creerá que la presente encuesta popular es el método más democrático de resolver el problema. Sin embargo, es todo lo contrario. La democracia no se basa en imposiciones ni prohibiciones. La democracia debe estar sostenida por un espíritu democrático saludable, no por subjetividades políticas. Un espíritu democrático saludable consiste no solo en tener convicciones fuertes, sino en respetar las convicciones de otros ciudadanos con la misma vehemencia que defendemos las nuestras. Defender esta capacidad de libre elección es más importante que la convicción misma. Este concepto es esencial para una democracia saludable, pero lamentablemente se está desmoronando frente a nuestros ojos. Claramente Vargas Llosa dice que aceptaría la desaparición de los toros (y yo en esto estoy tristemente estoy de acuerdo con él) si se diera por ausentismo, porque los ciudadanos “votan en contra de la fiesta dejando de ir a las corridas.” Mas no porque la mayoría del pueblo impone una prohibición en el resto. Y, si es que vamos a vivir en una sociedad basada en imposiciones, que no nos sorprenda llegar a un utilitarismo desbocado y a una distopia sin vuelta atrás.

 Podríamos mencionar todas las razones que se han discutido en los interminables debates entre taurinos y anti-taurinos, pero el intento de prohibir los toros en el Ecuador -al igual que toda esta encuesta popular- es simplemente un ataque personal al defensor de la paz mundial y al verdadero enemigo de cualquier hombre ambicioso: la democracia. Muy poca gente lee hoy en día a los antiguos griegos o a Tocqueville, por lo que no pretendo hacer un ditirambo para alabar a la democracia. Pero, si es que se la considera que la  un concepto que vale la pena, hay que ser consistentes. Hay que mantener la democracia y la libertad desde el punto más fundamental y filosófico hasta el ámbito jurídico y constitucional, desde la cómoda silla presidencial del Palacio de Carondelet hasta la sangre, el sol y la arena.

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