martes, 18 de enero de 2011

Disertación de Salvador Balil: "Juan Belmonte, en la soledad de dos atardeceres"


Habla Salvador Balil Forgas

Sr. Presidente, ser.s de la Mesa, sras. y sres., buenas tardes:

Recibir en esta "Aula de Tauromaquia, Ángel Luis Bienvenida", el Premio "La Fábula Literaria Vicente Zabala", que otorga el Círculo Taurino Amigos de la Dinastía Bienvenida, en compañía de todos ustedes, es un altísimo honor. Y ha sido también una gratísima sorpresa, pues al escribir el libro, sin más pretensiones que la de rendir un homenaje a Juan Belmonte, ante la proximidad de su 50 aniversario de su muerte, nunca pensé que podría tener un reconocimiento semejante. Debo agradecer, pues, a su presidente el Sr. Fernando Claramunt, a su vicepresidente el Sr Juan Lamarca, así como a toda su Junta Directiva, este reconocimiento tan generoso que han tenido con mi libro, así como las palabras, que, junto las de los Sres Javier Hurtado, Fernando del Arco y Andrés Amorós, tan amablemente le han dedicado.

Al margen de esto, ante los dificilísimos momentos que estamos atravesando en Cataluña, este Premio resulta altamente reconfortante por el apoyo moral que representa. Por todo ello guardaré de este acto un imborrable recuerdo. Y debo mencionar de nuevo al catedrático de Literatura, hoy crítico de ABC, Andrés Amorós, para agradecerle su magnífico prólogo, pues con él este libro ha adquirido una proyección que, sin duda, no tendría. Todo ha venido, pues, en ayuda para que este humilde homenaje tuviera el respaldo que merece la figura de Juan Belmonte.

La Maestranza de Sevilla, cuya Puerta del Príncipe mira como encantada a Triana, "era la plaza" de Juan Belmonte. Allí se presentó de novillero -sin caballos- en el año 1910, y se despidió como matador de toros en el 35, de cuya tarde un cronista dejó escrito: Sólo al abrirse de capa Juan Belmonte, la plaza quedó anegada de una emoción distinta: la emoción belmontina. Una emoción que sólo la podía provocar un torero de una personalidad acusadísima, interpretando una nueva forma de torear de impensable belleza.

Pero donde sus éxitos tuvieron una mayor repercusión histórica fue en la plaza de Madrid... Cuando se presentó aquí de novillero, en el año 1913, con aquellas "cinco verónicas sin enmendarse" no sólo despertó a la afición madrileña, sino a toda la intelectualidad congregada en Madrid, capitaneada por don Ramón del Valle Inclán. Un hecho que tuvo su trascendencia en el campo de las artes, pues todos afirmaron por escrito, que: capotes, garapullos, muletas y estoques, cuando son sostenidos por manos como las de Juan Belmonte, no son instrumentos de más baja jerarquía estética que plumas, cinceles y buriles; antes los aventajan.  Hermosísima forma de declarar el toreo como una más de las Bellas Artes... Poco después, ya tomada la alternativa, en la corrida de la Beneficencia del 14, hizo una faena considerada como la mejor que jamás se había visto. Pero en el 17, en la corrida del Montepío, dicen que estuvo !aún mejor...!! Don Gregorio Corrochano afirmaba al día siguiente: Después de esto, nada; no hay más allá.  Ya en su segunda reaparición, en la corrida inaugural de Las Ventas, cortó nada menos que un rabo. Pero es que al año siguiente, en el de su despedida definitiva, !cortó otro rabo!!  Una plaza, pues, la de Madrid, que fue escenario no ya de la consagración de un torero, sino de un nuevo arte de torear, fundamento del toreo de hoy.

Pero en esa revelación no todos los momentos le eran propicios: sólo cuando las sombras ya anegaban el ruedo, surgía el genio que llevaba dentro: !la hora de Belmonte!, llamaban a esa hora. La misma en que tomó la decisión última de su vida, estando sentado, una tarde de primavera, en su salón de Gómez Cardeña, bajo el retrato que le hizo Zuloaga.

Ese libro comienza y termina en este lugar. Un lugar avanzado de la Campiña Sevillana, donde se palpa la presencia de Juan Belmonte en todos sus rincones, su tremenda humanidad... Yo he tenido el privilegio de tener allí estas sensaciones, gracias a la nieta de Juan Belmonte, Yola Arango Belmonte, propietaria actual de esta finca, pues fue ella quien me abrió sus puertas, sin conocerme de nada. Fue un encuentro providencial, pues ha sido de una inestimable ayuda para mí. Las fotos de la portada, así como otras del interior, todas de un gran valor sentimental, me las proporcionó ella. Por todo, le estoy profundamente agradecido.

Ya que he hablado de los triunfos de Belmonte en Madrid, les recordaré una anécdota, intrascendente, pero que tiene relación con su sentido irónico, genial siempre, que tenía de la vida... Estando en una tertulia, observando muy callado cómo se estaba discutiendo acaloradamente cuál había sido la mejor faena de su carrera, si la de la Beneficencia o la del Montepío -sin sacarse, por supuesto, el agua clara de ello-, se optó, finalmente, por preguntárselo a él directamente... Enmudeció la sala; y después de unos instantes de suspense, respondió, dejando a todos descolocados: "la de Lima".

Poco importa cuál fue la mejor. Lo que importa es el concepto del toreo que nos ha legado, fruto del cumplimiento de una viejísima regla rondeña, que dice que este arte es una cuestión de manos y no de pies. Y si él fue el primero en conseguir tal cosa, fue porque obtuvo de una extraña fuente de energía -espiritual, decía él-, un asombroso y desconocido poder de aguante, para torear parando y mandando, sin quitarse. A este poder, auténtica clave del arte de torear, le llamó temple.

Un temple que, según la opinión de unos, le falló ante el último arreón que la vida nos depara; y según la de otros, lo mantuvo íntegro hasta el final, para levantar la mano y accionar su mortífero juguete...

Sucedió el 8 de abril de 1968, en el cruce de dos atardeceres: el de aquella plácida tarde de un domingo de ramos abrileño, y el de su propia vida. He ahí el título del libro, que deseo lo disfruten.

Muchas gracias.




Salvador Dalí y Andrés Amorós

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