jueves, 20 de enero de 2011

Como perro sarnoso / Por Esteban Ortíz Mena




 Esteban Ortiz Mena
 La intolerancia y la estupidez han ganado espacio en nuestro medio. 

 Rafael Lugo, en un artículo publicado en la revista Soho edición 66, escribe que “a la postre, para la mayoría la idea obligada es amar a Dios sobre todas las cosas y odiar a quien piense diferente, porque se nota que el hombre ha entendido que prójimo solo es aquel que piensa igual, y el que no cree lo mismo es infiel, impío, hereje, perro sarnoso, humanoide descartable, cualquier cosa, pero prójimo jamás”.

 Es un hecho: asesinos, retrógrados, violentos, masoquistas, perversos, putrefactos, arcaicos. Así es como califican los antitaurinos, entre los epítetos más decentes, a todo aquel que guste de la fiesta brava.
 Si ser taurino es así de grave, con el perdón de los perros y los antitaurinos (que me parece tienen alguna similitud), este rato me declaro perro sarnoso. 

 ¡Qué orgullo sentirme taurino! No hay nada más profundo que las sensaciones que alguien puede sentir toreando. La pasión no es un sentimiento exclusivo del taurino, pero los toros son una razón más para vivir intensamente. 

 La intolerancia es el recurso más fácil del débil de espíritu y el limitado de razón. La riqueza de la humanidad radica en su diversidad, en la capacidad de contradicción que tenemos y que ejercemos a diario, en saber crecer; y no en oponerse ni en intentar cambiar de hábitos a quien piensa distinto. También se llama vivir en democracia.

 Por supuesto que este tipo de gustos son muy personales, pero no por pensar distinto o tener un gusto legítimo este carece de sentido. Hay que entender que no queremos convencer a nadie de que le gusten las corridas de toros, pero a desaparecerlas hay un abismo. No es que las corridas de toros no sean crueles y es legítimo que haya gente que a más de no gustarle prefiera su desaparición. Eso depende de cada quien. Pero el problema de la oposición a una práctica tradicional es que esta puede trasladarse a otras que forman la esencia de identidad y afirmación cultural de diversas colectividades, como dice Pancho Aguirre. No existe diferencia conceptual, como práctica cultural, entre oponerse a la ópera que a una corrida de toros. Por eso es tan absurda una oposición al tema, sobre todo cuando es producto de la intolerancia y la ignorancia.
 Es posible que con el tiempo desaparezcan las corridas de toros, la cultura siempre cambia, es posible que en un futuro próximo nuestra alimentación principal sea a base de insectos. Pero esas serán prácticas culturales y sociológicas que se irán desarrollando, en el caso de ocurrir. 

 No se puede criticar (sobre todo frente al grave argumento de la desaparición de una tradición cultural apasionante) sin conocer. Pensemos en lo que sucede entre dos grupos de personas que se encuentran dentro y fuera de una catedral, y que intentan comunicarse lo que ven. Al mirar las vidrieras, los de adentro contemplan los colores brillantes, flores, animales, personajes. Los del exterior sólo ven la superficie opaca y gris de los cristales. Cuando unos describen su experiencia, los otros piensan que son enfermos o malintencionados. Sin embargo, los dos grupos tienen razón: están contando lo que realmente perciben, parafraseando a José Antonio Marina. “El equívoco sólo puede desaparecer si se consuma un cambio de perspectivas. Si los de adentro salen, y los de fuera entran.
 Pero cuando no hay voluntad, no hay voluntad…

 Por eso, hasta tanto, yo coincido con Andrés Sánchez Magro: “reivindicamos la locura, la bendita locura de los raros, de los otros, de los toreros, de los que buscamos un sueño que nadie nos puede acabar de contar. Los que nos apegamos a la excepción cultural, que es, y nunca podrá dejar de ser, el toreo... Si hay que ser excepcionales, seámoslo” (6toros6 No. 571, junio de 2005).
 Por eso, hoy me declaro taurino, loco, excepcional… y sarnoso, a mucha honra.
 

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