lunes, 15 de agosto de 2011

Gijón: Tres figuras grandes de verdad en la 5ª de la Feria de Begoña / Por J. Atº del Moral

El Juli, Manzanares y Perera ante el llenazo de Gijón

"...Las figuras ya no pueden aceptar de ninguna manera es que el año que viene se valgan de la presencia de algunos de ellos para que el diario desde donde se dirige las operaciones del tomasismo se apunte otra vez el tanto de celebrar un magno acto taurino para sacar músculo a cuenta, precisamente, de los que más está perjudicando. Es hora ya, pues, de recuperar la dignidad perdida y de poner a cada cual en su sitio. Y que vaya solito el que tanto inciensan en detremento de los demás. Y a ver si va porque, seguro, se negará…"

José Antonio del Moral
La Gaceta / Intereconomía

La muy bien presentada pero extremadamente desigual en juego y diezmada corrida de Jandilla, dio lugar a otra tarde magistral de El Juli (cortó dos orejas y perdió otra con la espada), y a una prueba más de que Manzanares no solo es un artista sin par y un soberbio estoqueador, sino también un lidiador valentísimo y poderoso (cortó una del quinto). Como también Perera que, como siempre en El Bibio, lo dio todo y, aunque pinchó una media faena con el mediocre tercer toro, al sexto le cuajó un trasteo con total quietud, soberano temple y ese ajuste que le brota de modo natural. Solo cortó una oreja por pinchar, pero la faena fue de dos.    

Gijón. Plaza de El Bibio. 
Domingo 14 de agosto de 2011. Quinta de feria. Tarde lluviosa con lleno hasta los topes. Cinco toros de Jandilla de ideal presentación para la categoría de la plaza. 
Excelente el primero aunque empezó manseando y terminó rajado. Suelto y con poca fuerza el segundo que para la muleta fue muy malo. Abanto el tercero aunque, de seguido, metió la cara con temple, pero se rajó enseguida. El sueltón quinto se picó solo y llegó a la muleta remiso y rajado aunque manejable. También manejable el sexto. Por devolución de derrengado cuarto, se lidió un muy cuajado aunque agradable de cara sobrero del Conde de Mayalde, incómodo en banderillas y muy desrazado aunque mejoró por quien lo toreó.
El Juli (turquesa y oro): Estocada desprendida, dos orejas. Cuatro pinchazos y estocada trasera, aviso y enorme ovación. Salió a hombros. 
José María Manzanares (lirio y oro): Gran estocada y tres descabellos, aviso y gran ovación. 
Miguel Ángel Perera (cobalto y oro): Dos pinchazos, estocada trasera y descabello, gran ovación. Pinchazo y estocada, oreja.

La cúpula del toreo en su totalidad está revelada con la injustísima situación que están atravesando quienes la componen. Todas las figuras, desde las máximas a las en puertas de serlo, a los se añaden varios jóvenes valores que están luchando sin descanso por ocupar puestos en la primera fila – anteayer mismo vimos a dos en Gijón -, se quejan en privado aunque deberían hacerlo saber públicamente de una vez por todas y en eso fallan, de que el nublado mediático que vienen padeciendo sus incesantes grandes triunfos, está tapándose casi totalmente con la excepción de las muy pocas crónicas que sí están, estamos, dando más que cumplida cuenta de ello. Fieles a lo que siempre se dijo sobre que quien pone a cada cual en su sitio es el toro y a que lo que cuenta son los hechos y no los dichos, no logran entender que se les ningunee continuamente en beneficio del único que goza de grandes espacios en todos los medios pese a que sus actuaciones no están pasando de mediocres. Da vergüenza además de pena leer lo que se está escribiendo y diciendo desde importantes tribunas nacionales y regionales. Pero, mucha más, ver cómo los triunfos de los que alternan con el divino pasan a segundo término cuando no a ninguno. De ahí la importancia en dar fidedigna cuenta de lo que están haciendo los auténticos protagonistas de la sensacional temporada que están llevando a cabo los que la están cubriendo completa y de verdad. A la cabeza de los cuales figuran los tres matadores que ayer actuaron en la quinta corrida de la Feria de Begoña, precisamente el cartel más cerrado de esta feria: El Juli, José María Manzanares y Miguel Ángel Perera.

Antes de entrar de lleno en el meollo de esta crónica, también quiero advertir a los que aquí se juzga sobre la tarde de ayer en Gijón, como también a los Ponce, Morante, Cid, Castella, Fandi, etc…, que lo que ya no pueden aceptar de ninguna manera es que el año que viene se valgan de la presencia de algunos de ellos para que el diario desde donde se dirige las operaciones del tomasismo se apunte otra vez el tanto de celebrar un magno acto taurino para sacar músculo a cuenta, precisamente, de los que más está perjudicando. Es hora ya, pues, de recuperar la dignidad perdida y de poner a cada cual en su sitio. Y que vaya solito el que tanto inciensan en detremento de los demás. Y a ver si va porque, seguro, se negará… 

La corrida de ayer estuvo a punto de suspenderse porque desde las 5 de la tarde empezó a llover, no el famoso orbayu, sino una pertinaz llovizna que, menos mal, no llegó a encharcar el protegido ruedo. Ya había mucha gente en los tendidos con los paraguas abiertos. Los empleados empezaron a quitar la lona y la arena apareció prácticamente seca. Los toreros, en la misma puerta de cuadrillas, observaron el piso plaza y, sin pisarlo siquiera, echaron para delante el festejo con ejemplar sentido del honor y de la responsabilidad. Primera lección, pues, de los maestros. El cielo se sumó a la decisión y dejó de jarrear. El paseíllo se hizo con media hora de retraso y con parte del público impaciente mientras otros cantaban la famosa canción “Gijón del alma”. La emoción subió muchos grados a la espera de lo que sucediera con toros y toreros.

Con geniecito en el caballo peleó el primer toro que no quiso colaborar con El Juli en su recibo de capa. Pero sí en un precioso y ceñido quite por chicuelinas. El toro mostró querencia a tablas durante el tercio de banderillas. Y cerca de las tablas inició Julián la faena, espléndida de principio a fin. Dominó siempre al toro que rompió a soberbio, con embestidas largas y humilladas por el lado derecho y aún más y mejor por el izquierdo ¿Quién habló el otro día de naturales para la historia? Los de El Juli sí que lo fueron. Perfectos los de la primera tanda y meritísimos los de la siguiente, cuando el toro se puso remiso y hubo que tirar y tirar de él. Con circulares, faroles y molinetes al compás de la huida del ya rajado toro hacia las tablas terminó la obra, cerrada con una estocada en la suerte contraria. Primer zambombazo. Dos orejas.

Fue una pena que tuviera que volver a los corrales el burraco y de salida encastado cuarto por, de seguido, quedar derrengado. El Juli tuvo que enfrentarse a un sobrero grandullón y desrazado del Conde de Mayalde con el que, extremando el temple y eligiendo perfectamente las distancias y los tiempos, estuvo de nuevo magistral. En sus manos, la chochonería del toro se transformó en aparente encastamiento y, con ambas manos, el madrileño lo bordó hasta adornarse con mucha torería. Tuvo que entrar a matar con el toro descolgado y distraído, por lo que pinchó. No hubo orejas, pero dejó una sensación de maestro consumado.   
No poco cortó lidiar al suelto y blando segundo, maravillosamente banderilleado por Trujillo y Blázquez, solo en dos pares. Manzanares se lo llevó enseguida a los medios y, al querer torear, el toro le derrotó por alto hasta casi alcanzar su cuello. Pero Manzanares no se arredró y, con la mano derecha, surgió en su faceta de valiente dominador a base de tragar una barbaridad hasta terminar con un torerísimo macheteo y una de sus monumentales estocadas. Esta a volapié. Las estocadas de Manzanares ya se reciben como un gran espectáculo por sí mismas. Pero no a la hora de descabellar. Necesitó tres golpes.

Sabrosos fueron los lances de Manzanares en su recibo del quinto que, maldita sea, tampoco fue del todo propicio en la muleta. Sin embargo, el aterciopelado toreo del alicantino fue creciendo en majestuosidad, brevemente con la derecha y en suntuosa amplitud por naturales pese a lo que el toro se fue rajado más de una vez hacia las tablas que fue donde terminó la faena con otra estocada, muy costosamente preparada, de paradigmática ejecución. La oreja cayó con total merecimiento. 

Miguel Ángel Perera ha sido el último en cortar un rabo en El Bibio. Muy querido y admirado aquí. Templó al tercero de salida, lo cuidó en varas, quitó por espaciadas tafalleras, una gaonera y revolera templadísimas sin abandonar el sitio y, una vez banderilleado el toro – bien la presidencia cambiando con dos pares -, intentó cuajar una de sus características faenas, iniciada con emocionantísimos pases cambiados, seguida con derechazos en los que tuvo que sujetar al toro de su siempre querer irse, naturales con los mismos inconvenientes – fue desarmado – aunque prosiguió insistente para terminar antes de lo que hubiera querido con la derecha y un alarde genuinamente ojedista. Lamentablemente, pinchó.

Salió a revienta calderas en el sexto, necesitado de triunfar como fuera. Larga de rodillas en el tercio y una faena de absoluto acople, indiscutible por angustiosa cercanía, intenso trazo y plena rotundidad, sin que faltara – nunca le faltó – un arrimón de campeonato. Si no hubiera pinchado, habría cortado dos orejas. Se llevó una de toda ley.
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