domingo, 10 de abril de 2011

"CUATRO SERMONES SOBRE EL ANTICRISTO" / Joaquín Albaicín



CUATRO SERMONES SOBRE EL ANTICRISTO
John Henry Newman
El Buey Mudo, 2010

 
JOAQUÍN ALBAICÍN
Altar Mayor, Mayo 2011

  En 1845, siendo ya un dignatario y un orador prestigioso de la Iglesia Anglicana, y alarmado por la aguda fase de secularización en que daba muestras de hallarse la Inglaterra de su tiempo, John Henry Newman (Londres, 1801-Birmingham, 1890) adelantó el paso para ingresar en las filas de la Iglesia Católica, donde alcanzó en 1879 el rango de cardenal y, en 1991, la beatificación. Los cuatro sermones que integran este volumen (El tiempo del Anticristo, La religión del Anticristo, La ciudad del Anticristo y La persecución del Anticristo) fueron escritos y dados a conocer desde el púlpito en los domingos de Adviento de 1835, es decir, una década antes de su aceptación de la obediencia a Roma.

 Compuestos con un armazón argumental y una claridad expositiva impecables, su publicación nos ha sorprendido agradablemente en un tiempo en que los sacerdotes, en sus homilías, han dejado hace muchísimo de advertir contra la próxima llegada del Fin del Mundo y del reinado del Anticristo, e incluso de hacer la menor referencia a los mismos, pese a formar parte ambas cuestiones de la doctrina católica en vigor. De hecho, ya el magnífico estilo literario –que nos permite adivinar el oratorio- de Newman dice mucho acerca de la enorme distancia intelectual que media entre un sacerdote de la primera mitad del siglo XIX y uno de los albores del XXI. Tras leer a Newman, resulta, en verdad, difícil concluir que los sermones habitualmente escuchados hoy en las iglesias tengan algo que ver con la religión.

  El libro no puede, por supuesto, ser leído haciéndose abstracción del contexto temporal en que fue escrito. Es precisamente ese marco el que explica unas referencias al Islam, el judaísmo y la Iglesia Nestoriana como manifestaciones anticrísticas… absolutamente carentes de fundamento. En cuanto al Islam, procede decir que, no sólo el combate contra el Anticristo en los Días Finales –tiempo en que los musulmanes esperan la Segunda Venida de Jesús- es subrayado por Mahoma como misión de todo creyente, sino que, en los medios académicos y religiosos de Occidente, el desconocimiento de la doctrina islámica ha sido durante siglos tan enorme[1] que, por lo general, hasta bien entrado el siglo XX, el occidental medio albergaba la convicción de que se trataba de una herejía cristiana. Las afirmaciones en ese sentido de Newman resultan, por tanto, perfectamente comprensibles, aunque en absoluto asumibles por los conocedores del paño, que, gracias a Dios, ya son muchos.

  En relación con el presagio de la llegada del Anticristo que, a entender de Newman, supondría la reapertura de sinagogas, es asimismo conveniente subrayar que las iglesias han tendido demasiado a menudo a olvidar que Jesús nunca fue cristiano, sino judío, siendo el judaísmo la única religión por él practicada, así como la única practicada por los Apóstoles y, durante mucho tiempo, por los discípulos de éstos, pues nunca –que sepamos- en vida de Jesús formaron parte de su círculo los judíos más o menos helenizados de la Diáspora. De cualquier modo, la atribución por Newman a los judíos de la condición de futuros conversos al falso culto del Hijo de Iniquidad, no deja de ser equivalente a la otorgada por los judíos a musulmanes y cristianos, y por los musulmanes a cristianos y judíos. Entiéndase, pues, dirigido a todos ellos, y no sólo al ejército cristiano, este reproche nuestro.

  En cuanto a la Iglesia Nestoriana (llamada en realidad Iglesia Asiria de Oriente, y cuyas autoridades siempre han precisado que Nestorio no fue su fundador, sino, simplemente, uno de los suyos), su misma historia –siempre, claro, que se la conozca- torna risible cualquier asociación de la misma a los planes del Anticristo. En el documento suscrito en 1994 por las máximas autoridades de la Iglesia Católica y la Iglesia Asiria de Oriente –entonces, Juan Pablo II y Mar Dinkha IV- se refiere de modo expreso que el desentendimiento entre ambas Iglesias tuvo su raíz no en obstáculos doctrinales, sino en confusiones de orden semántico motivadas por el desconocimiento del idioma del otro. El nestorianismo, en fin, no es sino el cristianismo tal y como, durante dos milenios, ha sido entendido en las tierras donde predicó Jesús y por los hombres de su mismo medio cultural.

  Hechas estas salvedades, necesarias en tiempos de ateísmo generalizado pero, paradójicamente, también de suma susceptibilidad religiosa, debe decirse que los sermones de Newman, hilados a partir de las revelaciones de Apocalipsis y Daniel y las reflexiones de los Padres de la Iglesia, sorprenden por su lucidez e, incluso, su cierta dosis de clarividencia en el análisis de lo que ya en su tiempo se nos estaba viniendo encima. Acierta, a nuestro modesto entender, en su identificación de la Revolución Francesa de 1789 como precursora del reinado del Hijo de Iniquidad, así como en su apreciación de que “de tiempo en tiempo, aparecen signos que, aunque no nos habilitan para determinar el día, pues esto permanece oculto, nos indican que éste se acerca”. Nos congratulamos por que se hiciera eco de las especulaciones de la época acerca de si los descubrimientos de las ciencias físicas no podrían entenderse, al menos en cierta medida, como parte de los “milagros” del Anticristo. Y consideramos de notable interés su sugerencia de que las predicciones apocalípticas relativas a Roma podrían, quizá, hallar cumplimiento, “en alguna otra gran ciudad a la cual no podamos al presente aplicarlas, o a todas las grandes ciudades del mundo en su conjunto, y al espíritu que impera en ellas”.

  Destacamos este párrafo particularmente elocuente: “¿Acaso no existe en este mismo momento un especial empeño en casi todo el mundo en prescindir de la religión … más visible y formidablemente en aquellas regiones más civilizadas y poderosas? ¿No existe acaso un consenso creciente de que una nación no tiene nada que ver con la religión, de que se trata de algo concerniente sólo a la conciencia individual? (…) ¿No existe un movimiento vigoroso y unificado en todos los países destinado a privar a la Iglesia de Cristo de su poder y posición? ¿No existe un empeño febril y permanente por deshacerse de la necesidad de la religión en los asuntos públicos?” Obviamente, por “religión” entendía Newman exclusivamente el cristianismo anglicano, sin percibir que la persecución iba –y va- dirigida contra todas las religiones sin excepción, pues, como él mismo precisó, “en el presente estado de cosas … el gran objetivo es aparentemente el desembarazarse de lo sobrenatural”, y ello al margen de las vestiduras con que cada tradición espiritual se revista. Estamos, sí, de acuerdo con él en que: “Sin duda, existe actualmente una confederación del mal que recluta sus tropas en todas partes del mundo … preparando el camino para una Apostasía general”. ¿Qué juicios habrían suscitado en Newman, de haber vivido lo bastante como para asistir a sus maniobras, allanadores de caminos como el Concilio Vaticano II, Pablo VI, Freud, el Reverendo Moon o Lenin?

[1] En particular, tras la disolución en 1314 de la Orden del Temple.

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