viernes, 5 de noviembre de 2010

LOS TOROS Y EL ARRABAL / Por Aquilino Sánchez Nodal

Dibujo de 1562, en el que se ve la ribera del Manzanares (Carabanchel) 
y al fondo la ciudad de Madrid.
     

    En un principio, hasta mitad del Siglo XX, la orilla Sur del río Manzanares fue una ribera verde, arbolada y rica, extensos campos fértiles, agua abundante y limpia durante todas las estaciones del año para regar cultivos y curtir pieles.

LOS TOROS Y EL ARRABAL

Por Aquilino Sánchez Nodal

     Hubo un tiempo, en que manadas de toros bravos pastaban libres y salvajes en aquella frontera de monte bajo e inviernos soportables. El clima, el agua, la calidad de la hierba cuando las plantas florecían en primavera, resultó determinante para que manadas de aquellos, “uros” acabaran estableciéndose en la vega del río Manzanares. Inexorablemente, fueron cediendo aquella dehesa a los hombres que llegaron de todos los lugares de Castilla. Mucho después, toros y hombres fuimos desposeídos y desterrados del paraíso por el asfalto, la especulación y el necio sentido de la posesión insaciable. Excavaciones arqueológicas han demostrado la verdad, la existencia de  toros bravos primitivos y salvajes en la cuenca del Manzanares, en riachuelos y arroyos fuentes, como en el Vallejo de San Pedro, actualmente calle de Segovia, Madrid.

Fósil de toro

    Nuestros prehistóricos antepasados de Carabanchel habitaron la orilla del río por la abundancia de sustento. Labraban aquella franja de tierra en una incipiente agricultura de regadío y cómodo lavadero de pieles de  sus cazas. Cérvidos y cápridos eran abundantes y fáciles de obtener. Otra cuestión resultaba conseguir matar los toros salvajes, de piel más apreciada y utilizable. El sistema menos peligroso era con trampas, aún así, antes de conseguir la pieza, caían cazadores heridos o muertos por las embestidas y fuerza de los bravos animales.

     La toponimia del nombre del pueblo de Carabanchel es de origen ganadero y agrícola. Determinaba que aquellos moradores eran los auténticos propietarios de esas tierras, “Carab”, (propiedad). Eran los dueños del suelo, los cultivos, los animales que criaban y los que cazaban en su territorio. La desmesurada riqueza llegó a tal abundancia que sobraba para aquellas gentes, había que pensar hacer productiva la labor. Comienza el intercambio comercial con otros habitantes del entorno para conseguir productos necesarios canjeándolos  por los que se recogían en el “Carab”. Para nombrar esta nueva situación se agrega, “an”, a la anterior definición. Resulta, “Caraban”, (productos transportados en caravana desde el “Carab”). Sin conocer una explicación posterior al  cambio de denominación del barrio, se puede atribuir al aumento de la población en la zona y su ampliación hacia el interior, al Sur. La agricultura, la ganadería, el intercambio de utensilios por alimentos, en una palabra, el comercio, hace perder la exclusividad a los ribereños. Observan la necesidad de concretar más la denominación d el lugar y se añade, “gel”, procedente del, “ver gel”. En un principio aquella tierra se llamaría “Carabangel”. Después, los dialectos, acentos, expresión más sencilla o Dios sabrá por qué, se cambia el “gel” por “Chel”; Carabanchel. El asunto de los adjetivos, “Bajo y Alto” sería determinado por la densidad demográfica en cada zona o quizás, por la distancia cercana o alejada del núcleo o diferencias sociales. El pueblo se anexionó a Madrid en 1.948. 

     No es simple casualidad que algunas ganaderías de reses bravas de la actualidad  registradas en Madrid, tengan su origen en las orillas del Manzanares, en el primitivo Carabanchel. Por aquella ribera pastaban, hasta hace menos de 200 años, los toros de Aleas, hecho desconocido por la mayor parte de los carabancheleros pero no por los aficionados a las corridas de toros. Las reses del Manzanares han escrito importantes páginas de la Historia de la Tauromaquia. Muchas de las ganaderías de bravo descienden genealógicamente de las vacadas procedentes de aquellas antiguas fincas y siguen en la crianza del toro bravo trasladadas a lugares más idóneos.: Martínez Gómez, Baltasar Ibán, Bañuelos, Pérez Tabernero, Pinohermoso … Junto a estos ganaderos ya definidos como, de “bravo”, esta parte de Carabanchel fue cuna de otros criadores modestos. Ganaderos y labradores sencillos instalados por la bonanza del terreno. Criaban sus toros mansos o encastados por simple afición, en busca de la bravura de aquellos animales. Los carabancheleros, aún hoy, son gente diferente, muy distintos a otros habitantes de los demás barrios de la región con un profundo concepto en las relaciones humanas. Sus toros fueron diferenciados para mejor y más bravos que los andaluces, charros o navarros. La principal causa de su desaparición ha sido el lógico desbordamiento de Madrid, auténtico obstáculo para aquellas ganaderías tan peculiares y apreciadas por los primeros toreros profesionales.

     Con todo, no han podido ni los políticos ni la ausencia de las praderas con la afición desmesurada y el respeto que este pueblo tiene al toro, estandarte de su cultura, fuente de riqueza y bravura de sus gentes.

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