martes, 26 de enero de 2010

FÁBULA MORAL DE CHATILLO DE MADRID / Por José Ramón Márquez

José Ramón Márquez
I
Una pequeña nota en el diario madrileño La Voz, en su edición del día 8 de octubre de 1924, daba cuenta del ingreso, en el Hospital Provincial de Madrid, del novillero Guillermo Peregrinal, Chatillo de Madrid, a causa de una cornada recibida en una capea celebrada en Moralzarzal.Cossío, a quien siempre acabamos recurriendo, da una brevísima información del humilde diestro. Dice:“Banderillero en novilladas, madrileño.
No pasó de modestísima categoría. Toreando el 5 de octubre de 1924 en Moralzarzal fue cogido por un toro de Zaballos, que le infirió dos tremendas cornadas, a par de la fractura de un brazo.
Falleció en Madrid, adonde fue trasladado, el día 10 del citado mes”.Juan José Zaldívar, en su libro Víctimas del torero, lo incluye en el capítulo de Banderilleros y no aporta nada nuevo a lo dicho por Cossío.
II
Esos son la noticia y el apunte para la Historia del triste fin de un hombre en una capea pueblerina. El final de uno de tantos desconocidos de los que andaban por los pueblos lidiando lo que les echasen, a cambio seguramente de pasar el capote al final del festejo para recibir la propina de los espectadores; durísima escuela para los que empezaban en el oficio y durísimo final para los que ya estaban en la retirada y en la derrota.
Hay algunas cosas que no nos cuentan. No nos cuentan, por ejemplo, que el novillo de Zaballos, lidiado en un ruedo hecho de carros, tenía la edad de nueve años y dio un peso, una vez muerto, de veintinueve arrobas y media, ni que la corrida, como es natural para novillejos como el descrito, era un festejo sin picadores.
El Zaballos, al parecer de desproporcionada cuerna, sin castigo y sin tener enfrente a toreros con experiencia y recursos suficientes para lidiarlo y someterlo, se hizo el amo del improvisado ruedo. Además de las tremendas cornadas en la ingle y en el muslo que infirió a Chatillo, incluida la reseñada triple fractura de uno de sus brazos, corneó a otro novillero, cuyo nombre no consta, en la pierna.
Se mató al toro como se pudo, casi a tiros dicen las crónicas. Mientras tanto, tras una cura de urgencia hecha por el médico del pueblo, se evacuaba urgentemente a Madrid al Chatillo en un automóvil para darle ingreso en el Hospital Provincial, donde fallecería a los pocos días.
III
Por aquellas fechas, el diario ABC publicaba en su edición del día 7 de octubre esta otra noticia:“Anteayer ingresó en la Casa de Socorro Central de Palacio Antonio García, de diecisiete años, habitante en el Campo de las Vistillas, víctima de una herida en la región inguinal producida por asta de toro.
En dicho Centro benéfico se supo que el herido había recibido asistencia facultativa en el pueblo de Hoyos (sic) de Manzanares, por lo que los médicos se abstuvieron de curarle nuevamente, y ordenaron su traslado al hospital de la Princesa.” Por su parte, el semanario
La Lidia recogía lo siguiente en su edición del 10 de octubre:
“En la corrida de novillos celebrada en el pueblo de Burgohondo con motivo de las fiestas, al entrar a matar a uno de los novillos, Valentín Verdasco sufrió una aparatosa cogida.
El desgraciado diestro resultó con la fractura de varias costillas y con otras graves lesiones.
El herido, con todo género de precauciones y en gravísimo estado, fue conducido al hospital de Ávila.”


IV
Estas tres escenas, tan próximas las unas de las otras en el tiempo, son sólo unas pinceladas para entrever las tremendas pruebas por las que había que pasar hace casi un siglo para ir abriéndose camino en el mundo del toro.
Nadie puede añorar aquella tremenda escuela en la que se forjaron muchos grandes toreros a sangre y fuego, y en la que tantos se quedaron en el camino.
¿Quién desearía lo de Chatillo, lo de Antonio, lo de Verdasco... para alguien? Por humanidad, nadie. Sin embargo, ¿acaso no es con esos materiales tan tremendos, tan descarnados, con los que está construida la leyenda del torero como un ser especial, casi un semidiós?
¿Qué impresión quedaría en aquellos aldeanos que contemplaran alguna de aquellas tres infaustas tardes? ¿No sería también la tremenda mezcla de susto, horror, piedad y compasión por una joven víctima otra parte sustancial de aquella forma del espectáculo, en épocas anteriores a la radio, a la televisión y a la cultura de masas?
V
Vengamos al presente. Estamos a las puertas de la Plaza de toros de Moralzarzal, moderna, cubierta y perfectamente equipada con enfermería y con todos los servicios. De un potente auto de alta gama, rodeado de sus apoderados y ponedores y vestido como los grandes, con un caro capote de paseo recamado en oro y de barrocos bordados, desciende un torero.
No es el figurón triunfador de San Isidro, sino el desconocido novillero Z, un Chatillo del siglo XXI, que viene a matar pongamos que una novillada de Alcurrucén o de los Hermanos Garzón, de procedencia Núñez del Cuvillo.
Está claro que la nuestra es una época más confortable y segura en cuanto al riesgo personal, pero ¿será acaso ésta la mejor escuela para un torero?
***
Si a aquellos infelices que iban literalmente a morir a las capeas pueblerinas, sin garantías de ningún tipo, exponiéndose a los bichos que les echasen y con el riesgo aumentado de los garrotazos del ‘respetable’, les hubiesen contado lo que hoy día es la novillería, no habrían dado crédito.
A ver cómo se les podría explicar a aquellos esforzados toreros, carne de cañón la mayoría, que en nuestros días para torear hay que ser rico o tener a un rico al lado, y que si no, prácticamente no hay nada que hacer.
¿Quién de entre los que le rodeaban iba a hablarle al pobre Chatillo, con su vestido raído y su capotillo de tantas tardes y tantos sinsabores, de cosas como el arte o parar el tiempo y los relojes? El suyo y el de otros, relojes humildes de toreros anónimos y desconocidos, se lo paró fatalmente un pavo de nueve años en una plaza de pueblo.

Capea en un pueblo años 1960

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