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sábado, 13 de agosto de 2011

Qué pierna, la pierna de salida de Tomás en El Bibio.

 La pierna de salida de JT en la Monumental de Gijón 
(Foto: Burladero

LA IMAGINACIÓN DE UN REVISTOSO
Hasta que llegó el cenit de la tarde, la mano izquierda, los naturales rotos, con todo el peso en la pierna de salida, cargada la suerte sin cuento, qué manera de torear al natural... (Sic)

La pierna de salida de Emilio Muñoz 
*****
Blog salmonetes ya no....

martes, 28 de septiembre de 2010

¿De qué se quejan, si los trajeron ellos debajo del brazo? / Por José Ramón Márquez



 Impulsivo, un pavo sevillano de Partido de Resina
lidiado por un pobre el 25 de Abril en Madrid
para cuatro turistas.
Si querían hacerse los importantes, ¿por qué no lo pidieron Morante y Julián?


José Ramón Márquez


Martes, 28 de Septiembre de 2010
Tenían a sus pies el campo bravo. Podían haber dicho Miura, Pablo Romero, Victorino Martín, Dolores Aguirre, Palha, Murteira, Conde de la Corte, Cebada Gago, Conde de la Maza, Celestino Cuadri, Baltasar Ibán, José Escolar, Juan Luis Fraile, Flor de Jara o Moreno Silva, pero dijeron... Zalduendo. ¿No es el más grande Julián? ¿No dicen que puede con todo? ¿Entonces por qué dijeron Zalduendo? Pues ellos sabrán. Por el tipo, dirán ellos, quizás, o más bien por el tiparraco, diría yo.

Ahora, después del naufragio, se andan rasgando las vestiduras porque los toros, los que pasaron, eran bobos y blandos, despojos asquerosos, toros antitaurinos. Con la de viajes que habrán hecho todos ellos a Cáceres, a la finca, que allí se habrán ido en procesión todos los padres, todas las madres y los perritos que les ladren, a darle vueltas a la corrida, que si el veintisiete, que si el burraquito, que si el negro aquél; vueltas y vueltas para caer en la bosta. Toros de Zalduendo, dicen. ¿Toros? ¡Qué va! Toros es otra cosa, que yo los he visto y no son así.

Es que ellos no querían toros, que lo que querían eran unos peluches de cuerda que se prestasen a las paridas ésas que van sembrando por las plazas; lo que querían era material más o menos bovino para hacerle posturas; lo que querían era abusar de unos pobres bichos indefensos y llevarse la gloria y los aplausos por la cara, como acostumbran.

En cierto modo, sin embargo, lo que pasó el domingo en Sevilla es como una venganza del viejo Zalduendo, Don Fausto Joaquín de Zalduendo de Caparroso, como una maldición que caerá sobre quien ha profanado el hierro, la divisa y la antigüedad de una vacada para transformarla en un hazmerreír, en una burla del toro bravo, en un hato ridículo de charoleses de lidia. Y encima, los tíos se ponen dignos y se quejan del ganado, que como están muertos no pueden defenderse y contar las sevicias que con ellos hicieron. ¿Pero de qué se quejan, si los trajeron ellos bajo el brazo?

jueves, 23 de septiembre de 2010

Los toreros "importantes" y la pobre ministra de Cultura / Por J. R. Márquez

Los toreros "importantes" que van al roce

con la pobre ministra de Cultura

José Ramón Márquez

Los grandes, dice la prensa, los grandes se reúnen con la Ministra de Cultura para hablar de los toros.

-Nuzotro zemos los toreros, Menistra -habría dicho el Rafael El Gallo.

Los toreros van a ver a la Ministra. Los toreros van al Circo Price a dejarse ver con la señorita Sinde, como si ella estuviese en la Plaza del Rey para ver a toreros que, total, a ella qué más le dan. Entran y ella les tiende la mano uno a uno:

- Señora Ministra -dice July.

- Hombre, July, ahora que le veo más de cerca, ya entiendo la razón por la que arrastra tanto la muleta. Eso es algo realmente importante.

- Señora Ministra -dice Ponce.

- Mi querido Enrique, ya me gustaría a mi poder ver a Ray Loriga trayendo una bandejita de bombones Ferrero Rocher como esos que usted se zampa.

- Señora Ministra -dice Manzanares.

- Manzanares, amigo mío, debe estar usted apenadísimo por no poder practicar su amado golf a causa de ese desagradable tendón.

- Señora Ministra -dice Cayetano.

- Cayetano, cómo me gusta verle en los carteles de Loewe de Serrano.

-Señora Ministra -dice Morante.

- Amigo Morante, venga aquí sin cuidado que hoy, sabiendo que usted venía, me he dejado el reloj en casa, no tema estropearlo.

-Señora Ministra -dice Perera.

- Perera, por Dios, no haga esfuerzos.

- Señora Ministra -dice Tomás.

- Tomás, Tomás, por lo que más quiera, no me haga más locuras ahora que lleva también mi sangre en sus venas, que yo también fui donante espontánea cuando su herida en México.

Todos ellos llegan, con sus trajes de buen corte, a la Plaza del Rey, donde el Circo de Price, al mismo sitio donde vienen los pelmazos de los cineros a ronear sus cuartos para las peliculillas que nadie verá, donde vienen los libreros a por las pelas para los libros que nadie leerá, donde vienen los media-artists y sus curators a por la lana para pagar sus performances tan contemporáneas como ignotas. Allí aparecen los toreros, los pobres toreros con sus chismes a cuestas, sin los mozos de espadas ni los picaores, con su bagaje mal hilvanado de Picassos y Federicos, como si eso importase algo, a rendir pleitesía al que lleva la gorra, que en España se respeta muchísimo lo de la gorra, y a explicarse. ¿De qué? Si la Ministra no sabe nada de todo esto, si no sabe lo que es estar arañando encinas sin expectativas de contratos, si ignora lo que es la gloria de una plaza en pie aplaudiendo. ¿De qué pueden hablar? Si la Ministra fue al colegio que la llevaron sus papás y luego se dejó llevar; si ella es tan sólo otro absurdo producto de la ciudad, puesta ahí para vaya usted a saber qué. ¿De qué pueden hablar? ¿A qué van ahí los toreros?

-Al roce -diría el gran Rafael el Gallo.

Fuente: Blog salmonetes ya .....

jueves, 16 de septiembre de 2010

La lista de los listos / Por José Ramón Márquez


La Lista de los listos
José Ramón Márquez

Jueves, 16 de Septiembre de 2010
La lista de los listos. En la época de internet, del pay-per-view, del pay-pal. En la época del dinero de plástico, de la actividad orientada al cliente, de las sinergias, en la época de las facilidades para la compra, la época de los servicios, del sector terciario; sin que se entere el flamante Abella ni el querido presidente Manolo, hombre que ha entregado su vida a la evitación del conflicto de orden público, en la Plaza Monumental de Las Ventas existe una lista a la que el inquieto Salmonetes... ha tenido acceso.
Se trata un index de prevalencia orientado a que sólo puedan sacar los nuevos abonos disponibles aquellos que deban sacarlos. Si esto se contase a los equivalentes de Abella o de Manolo en el Madison Square Garden, pensarían que les estábamos tomando el pelo, pero aquí todo es distinto. Aquí, en la segunda potencia mundial por número de trabajadores en situación de desempleo, se utiliza un método como el de esta lista, verdaderamente picaresco, para regularizar un asunto tan nimio como la adquisición de nuevos abonos en la Plaza de Toros. Esto creo yo que habla con muchísima más elocuencia de la auténtica sociedad que hay en España que todas las encuestas bien cocinadas del CIS.

En realidad, sabiendo que todos los nombres que van en la lista son de pastel, la única sorpresa e incertidumbre que se puede esperar es la de llegar a saber saber quién es el del número 20, ése que atiende por “El Romano”. ¿O es El Rumano?

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Grandes momentos del antitaurinismo en Salamanca / Por José Ramón Márquez


Grandes momentos del antitaurinismo
en Salamanca
José Ramón Márquez

Miércoles, 15 de Septiembre de 2010
¡Vaya, hombre! En Burladero, que es un antiguo adjetivo que significa ‘burlón’, dice un tal Mario Juárez, que no sé si es un nombre, un seudónimo colectivo o un holograma como Max Headroom, que la puerta grande de El Cid en Salamanca ha sido una ‘Puerta demasiado grande de El Cid’. ¡Vaya tontos los de Salamanca, que le pidieron las orejas, digo yo, sin hacer ni caso al hombre éste, Juárez!
A continuación nos informa, como si acaso hiciese falta, de que el que estuvo bien fue el Joseantonio Morante, que parece que ya está bueno del vientre, el tío, en veinticuatro horas a yogur y arroz blanco. Vamos, que ya se curó de los retortijones que le dieron en Albacete después de pegarse un buen plato de atascaburras.
Bien, pues menos mal, para el tal Max Juárez, exquisito censor de las grandes faenas, que fue el Manuel Cid al que tenía ahí, en esta tarde extraordinaria de íntima sinceridad y exigencia, para poder darle los palos que cual estera le correspondían, y poderse así desquitar de la cantidad de baba de caracol que lleva vertida el tal Max Juadroom sobre el icono emblemático del año, el torero que nunca falla, el importante por antonomasia, que es el July y sus circunstancias, y poder también aligerarse del peso ingente, al menos por un día, de las gigantescas ruedas de molino que lleva el hombre acarreadas a sus nobles lomos día a día, folio a folio.
Bueno, pues, afortunadamente, el buen hombre ha tenido por ahí al Manuel, que lo digo de veras, para poder, al menos por un día, ponerse el traje de serio y exigente aficionado, que igual algún día hace muchísimos años lo fue, y así poder censurar, como haríamos cualquiera de nosotros, aquello que no le pareció adecuado a las normas del arte y del oficio. Porque digo yo que debe ser un rato desagradable desarrollar la labor profesional todos los días arrastrándose sobre la viscosa baba del lumiago, así que viene de perlas, al menos por un día, poder decir unas cuantas verdades, que no seré yo quien diga, ni muchísimo menos, que hoy, precisamente hoy, es el día que miente el tal Mario Headjuárez.
Y así después, mañana, tras la catarsis que decían en la Facultad, pues ya volvemos a lo de siempre, pero al menos un día salió la verdad y eso hay que aplaudirlo. Digo yo. Decir un día al año lo que uno piensa de verdad, no creo yo que haga daño. Pero que no se acostumbre, que la cosa está muy achuchada

domingo, 12 de septiembre de 2010

Dos lecciones de El Cid / Por José Ramón Márquez


Dos lecciones de El Cid

José Ramón Márquez

Domingo, 12 de Septiembre de 2010
Veintiún euros, se dice pronto. Veintiún ridículos euros es el precio del toreo, lo que pagamos por ver, por disfrutar, de lo que nos hace ser aficionados a este despropósito, a esta pasión. A cambio de veintiún euros, que se dice pronto, un hombre privilegiado nos entregó esta tarde la verdad del toreo; y allí, rodeados de gentes que están de fiesta, de las alegres peñas, de los jubilados que van a los toros ahora que les salen bien de precio y que, aunque pudieron ver a Ordóñez y a Camino en su día, no los vieron, nos llega la revelación del toreo de la mano de El Cid. Veintiún euros es el precio que alguien ha fijado para que pudiésemos contemplar estas dos enormes faenas de hoy en Navalcarnero, el pueblo más limpio de España, Plaza de Toros Félix Colomo, toros de Carmen Segovia. La plaza donde el año pasado un mulo de Murube cortó abruptamente la temporada del Maestro de Salteras.

En el primero, El Cid nos quiso regalar un inicio de faena propio de La Maestranza, una joya de orfebrería con la que se sacó al toro hasta el mismo platillo con un gusto y una torería que, definitiva y tristemente, son de otra época. Sin una brusquedad, sin un tirón, todo poder, todo suavidad. A continuación de ese impresionante inicio, se produce el desarrollo poderoso y serio de una faena perfectamente medida, con las series de redondos por delante en las que el Maestro evita meterse mucho en el terreno del toro, para no desengañarle e ir encelándole poco a poco hasta ir llegando, una vez que el toro está en el cesto, a una explosión del toreo esencial, del toreo al natural, de la gran verdad del toreo, en series necesariamente cortas en las que el torero se va cruzando impecablemente en cada muletazo hasta que resuelve por alto o por bajo, con una trincherilla de aire más sevillano que madrileño, con el afarolado tan personal, marca de la casa, o con el imprescindible pase de pecho. Puro clasicismo. Faena maciza, hecha de principio a fin sin dudas, faena trazada en estado de gracia, faena de perfección, de menos a más como las grandes, que termina en un momento de dominio de ejercicio del puro y elemental toreo en el que se para, se templa, se manda y se carga la suerte. Purísimo y prístino toreo eterno e inmutable, más allá de modas, de tonterías, de inventos y de subterfugios. Puro toreo. Toreo que procede directamente de José y de Juan, torero macho, de un hombre que sólo, y el que quiera que lo intente, torea.

Y en el segundo, un toro más áspero por el que no dábamos un duro, un ejercicio de estilo admirable, corrigiendo delicadamente los defectos del bicho, enseñando a embestir al toro y convenciéndole de que eso es lo que el animal debe hacer. Un solo enganchón en toda la faena, y todo lo demás hecho a base de temple, de mando, de poder, mano de acero en guante de seda, toreando con una lentitud inconcebible, arrastrando la muleta por el suelo, toreo de riñones dirigido por la muñeca, toreo purísimo de un torero cuajado, de un torero en plena sazón, desprovisto totalmente ya de nada que tenga que ver con el ejercicio, con el cuerpo, con lo físico, pura quietud y lentitud en el muletazo largo, toreo de mando, de muñecas, de posición, toreo tremendo para los toreros que lo contemplen, pues perciben perfectamente que su práctica sólo está al alcance de los pocos privilegiados que poseen el don.

Volver a hablar de la perfecta brega de Boni, y de la eficacia de Alcalareño y Pirri sería reiterar la verdad incuestionable de que a un gran torero debe acompañarle siempre una gran cuadrilla de confianza. Señalar lo bien que picaron Espartaco y Bernal a sus respectivos toros es de justicia, porque la forma en que ahormaron a los toros creo que tiene bastante que ver con el juego posterior de los mismos, cada uno a su manera.
Por lo demás, quizás debiéramos señalar que también torearon otros dos matadores, pero la verdad es que hablar de ellos no le hace ningún bien a este folio, ni a la emoción que, aún a estas horas, permanece incólume.

martes, 7 de septiembre de 2010

La verdad de Enrique Ponce / Por José R. Márquez

Ponce en su corrida dos mil en Ronda
(Foto Burladero)
La verdad de Enrique Ponce
José Ramón Márquez
Martes, 7 de Septiembre de 2010
Me escribe desde México mi querido amigo Manuel Cascante este lacónico mensaje a cuenta de un comentario que puse el otro día aquí con motivo de las dos mil tardes de Enrique Ponce:
“Si Ponce es lo más grande que ha dado el toreo, yo me paso al béisbol.”
Pero es que no es sólo Manuel, es que hay más, y son buenos o buenísimos aficionados como él, los que van por esa línea que yo jamás he entendido, porque, la verdad es que no entiendo, queridos amigos, qué es lo que se niega a Ponce, si su indiscutible estadística, si su regularidad pasmosa, si la evidente soltura de su oficio, porque creo que, si se piensa sin apasionamientos, sólo se puede llegar a la conclusión de que no nos va a ser dado en toda nuestra vida ver un torero más completísimo que éste.
¿Acaso es posible que su apabullante biografía, sus veinte años arriba sin necesidad alguna de echar mano de esos subterfugios que son las fragilidades, dudas y emociones fugaces de los artistas, podría sostenerse sobre los mimbres de un chuflas? ¿Acaso este hombre podría haber engañado a tanta gente durante tanto tiempo, si fuese tan sólo un impostor mendaz y embustero?
Claro que eso que he puesto ahí arriba va por un lado, y por otro van, como bien sabemos, la emoción y los riñones, que eso tiene otros caminos y otros vericuetos de mucha más difícil cuantificación. Si hablamos de la emoción a flor de piel, entiendo que estamos de acuerdo, que para soñar ya tenemos por siempre al niño de Pepe Luis. Pero si hablamos de la suficiencia del oficio, que es la base de esto, de un torero largo y definidor de una tauromaquia propia, no creo que haya nadie entre los que hemos visto que le iguale.
Los toreros de muchísimo poder siempre han ido en desventaja con los otros, esos que llaman 'de arte', porque esa suficiencia, esa excelencia en su oficio, no es bien tolerada por los públicos más que cuando estos toreros empiezan, cuando para las gentes existe la sorpresa de descubrir la novedad del niño sabio. Hay muchos toreros en la historia cuya facilidad se ha vuelto contra ellos. Es el caso de Guerrita, del mismísimo Gallito, o la razón del odio de tantos hacia a Luis Miguel. Siempre ha pasado.No hay que correr mucho para disfrutar de la enorme dimensión de Ponce: la tenemos en tardes como la de hace un par de semanas en Bilbao. Y echando la vista un poco hacia atrás ahí están el Lironcito de Valdefresno, o el Alcurrucén de hace tres años en Madrid, tardes de esfuerzo y de compromiso, para con las Plazas que le han hecho grande, faenas macizas que salpican su biografía de hombre que sólo sirve para ser torero.
Y es que donde la gran autoridad de este torero brilla de forma neta y más verdadera es cuando se mide contra toros muy difíciles. Si hablamos de sus faenas de enfermero, de los bicharracos de lengua fuera, de las faenas de mantener en pie al cuadrúpedo, de ésas que dicen los revistosos que 'se inventó al toro', pues eso no vale nada, ni para Ponce ni para nadie. Pero con los toros fuertes y rabiosos, cuando él, porque le da la gana, decide que va a hacer el esfuerzo, es imbatible, y la pena es que no le veamos más a menudo en esas lides.
Durante todos los años 90 y la primera década de los 2000, Enrique Ponce ha sido la base de los carteles de todas las ferias de España, México y Francia con no sé cuantas temporadas en las que ha pasado de los cien festejos. Creo que mantener ese ritmo, esa regularidad, no está al alcance de cualquiera, o al menos yo no podría traer a nadie aquí a colación que lo haya igualado. Por supuesto que en esa ingente cantidad de tardes ha matado las porquerías de Domecq, como hace cualquiera, pero no olvidemos que también hay un número de toros muy significativo con los hierros de Victorino, de Guardiola, de Samuel y hasta de Miura (la del cincuentenario de Manolete en Linares, creo que sólo tiene esa en su haber) en una nómina de ganaderías que pondría los pelos de punta a los que ahora mismo se enseñorean de la parte alta del escalafón taurino y de las loas de los plumíferos mercenarios.
Ponce es torero hecho en Madrid y podemos decir que su mundo ha sido de Madrid hacia arriba, torero de norte, igual que Curro Romero fue torero de sur, de Madrid para abajo. En Sevilla a Ponce le costó entrar y sigue sin ser lo que se dice un ídolo de aquella afición tan particular, eso cuenta en su debe.
***En mi opinión, el único que ha estorbado en todos estos largos años a Enrique Ponce ha sido José Tomás. Yo creo que la revolución de la primera venida del de Galapagar le tuvo contra las cuerdas, le incomodó mucho y le desconcertó extraordinariamente. Creo que, si acaso el que acabó, con los años y las renuncias, siendo conocido como el pétreo, hubiese sido un torero de raza con auténtica afición, le habría buscado y acosado al rececho, como hizo Gallito con Bombita, y hubiésemos tenido las mejores temporadas de nuestras vidas siguiendo su lucha a muerte por esas plazas, pero finalmente ninguno de los dos estaba por andar de peleas, cosa antigua, y prefirieron esquivar los encuentros. Creo que puede decirse que la aparición de Tomás -aquel primer Tomás, insisto- es lo único que a Ponce le ha sacado de sus casillas en sus larguísimos años de matador de toros.
En la temporada del 2000 los dos toreros sólo se encontraron en una tarde: fue en Valladolid, el día 13 de septiembre. En la Plaza del Paseo de Zorrilla se produjo entre ellos un auténtico choque de trenes con el chiquilicuatre de July como testigo mudo, con toros de Marqués de Domecq y Torrealta. Fue una de las mejores tardes de toros que hemos visto. Dos estilos peleando frente a frente, ambos en su mejor sazón y un disfrute total para el aficionado. Creo que nadie en esa temporada podría haber hecho mejor papel que el de Chiva frente a Tomás, que venía arreando. En aquella época seguíamos a Tomás, que nos tenía anonadados, pero el resultado del choque aquel fueron unas emocionantísimas tablas, un empate magnífico entre dos polos extremos en los que pivota toda la grandeza del toreo: el desprecio al riesgo y la invasión del espacio del toro, ayuno de oficio, de Tomás, frente a la firme suavidad llena de seguridad y poder del valenciano. Entre esos dos polos está todo el toreo que nos gusta y nos emociona. Toreo, decimos, que una cosa es torear y otra dar pases.
Cartujillo, samuel despachado por Ponce en Bilbao

sábado, 4 de septiembre de 2010

Las dos mil corridas de Enrique Ponce, el mejor torero que ha visto uno / Por J.R. Márquez

Las dos mil corridas de Enrique Ponce,
el mejor torero que ha visto uno.


José Ramón Márquez


Sábado, 4 de Septiembre de 2010
Dos mil corridas, se dice pronto. Uno, que no vale en absoluto para profeta, se fue al apartado de los toros de Lupi del día 1 de octubre de 1988. Esa tarde toreaban en Madrid, feria de otoño, Antonio José Punta, Domingo Valderrama y Enrique Ponce. Al apartado antes no acudía tanto público como ahora y, salvo en casos como Miura, Pablo Romero o Victorino, siempre había poca gente y se estaba bastante a gusto. Ese día, curiosamente, había demasiadas personas para lo que se esperaba de público asistiendo al apartado de una novillada. La fila atravesaba el patio de caballos y casi llegaba a la puerta de acceso. En la fila me di cuenta de que la mayoría de aquellos venían acompañando al valenciano Enrique Ponce. Pensé:

"Todas estas personas con su ilusión detrás de este chico de Valencia que, como es natural, no llegará a nada..."

Por la tarde, en la plaza, descubrí, asombrado, mi incapacidad para la profecía al comprobar la soltura y el oficio en la forma de torear del que, con el tiempo, iba a ser el torero más completo que a uno le ha sido dado ver. Ya en ese momento descubrí que ese chico vestidito de blanco no era un novillero como los demás. En esa primera tarde nos mostró lo que a lo largo de su dilatada carrera han sido sus luces y sus sombras, su poder y sus ventajas, pero el asombro de aquel niño de tan corta estatura andando a los novillos con tanta facilidad es un recuerdo imborrable. Tanto, que cuando se produjo años después el arropadísimo debut de July, uno esperaba encontrarse con la reedición del milagro de Ponce novillero, de acuerdo a lo que le habían cantado los periodistas y lo que encontró fue la pasmosa vulgaridad que permanece hasta hoy en día.

Antes de seguir diré que Enrique Ponce es el mejor torero que uno ha visto, el torero más completo, el más fácil. Reconozco que no es el que más me ha emocionado, pero su superioridad sobre cualquier otro que uno haya visto es totalmente desproporcionada. Uno, que siempre se ha declarado gallista, y del Coloso de Gelves siempre ha admirado su capacidad para estar con todos los toros, su conocimiento y su superioridad, no tiene más remedio que rendirse ante la apabullante verdad del poder de Enrique Ponce.

Al igual que al de Gelves, se le ha reprochado su facilidad, pues muchos prefieren congratularse con lo tortuoso y difícil; para mí, la facilidad del de Chiva ha sido y es la gran seña de identidad de su tauromaquia sobrada de conocimiento y de respeto al toro. Porque creo que, ante todo, Enrique Ponce respeta al toro y siempre negocia con él. No trata de imponerle su voluntad. Él sabe perfectamente, y el toro lo ignora, que al final de la faena el toro será suyo, pero no quiere apabullar al animal con su superioridad. Negocia con él y le permite creer al toro que tiene la oportunidad de vencer, pero el toro está atrapado en el maelstrom de su muleta del cual la única salida es la muerte. Lo mismo para los toros rabiosos que para los tontos de baba; como es natural, le preferimos ver siempre con retos, con toros difíciles que le pongan a cavilar y a demostrarnos sus mejores condiciones.

Enrique Ponce habría sido torero en cualquier época del toreo, y habría sido un torero importante -odio eso de figura, que me recuerda a la sota de bastos- en cualquier época del toreo. Para celebrar la corrida de su bimilenario, se dice pronto, se ha ido a Ronda, la cuna de los Romero, la plaza que inauguró Hillo y que sirvió de sepultura a Curro Guillén, toreros con los que habría podido alternar este Enrique Ponce. Nos queda el sueño de haberle visto imponentemente, como el otro día en Bilbao, con los toros Jijones de Villarrubia, con los del Barbero de Utrera, con los Ibarreños, con los toros colmenareños de Martínez, con los Carriquiri de Don Nazario en corridas sin peto,para disfrutar de su facilidad en el quite, del poder de su capote, de la gracia de su muleta de grandioso torero en los tiempos en que el torero era un auténtico héroe popular, porque Enrique Ponce, torero, se merecería estar en las coplas de los ciegos.

Enrique Ponce

Fuente: Blog Salmonetes ya....

jueves, 2 de septiembre de 2010

LA PESTE DEL INDULTO / Por José Ramón Márquez

El gran Bastonito de la silla de oro

LA PESTE DEL INDULTO


José Ramón Márquez

Odio esta costumbre de los indultos. En general, todos. Lo mismo me da Parot que el Rafita, porque desde pequeños nos enseñaron que se debe pagar por lo que uno ha hecho y eso del indulto es más bien una estafa y un insulto que se hace a las víctimas de esos personajes y a las personas honradas. En el caso de los toros, pues me pasa lo mismo. Vamos, que no puedo con ellos. En los toros el tal indulto me parece una soberana estupidez que han puesto en boga como para justificar que, por sus merecimientos en la Plaza, un toro puede volver a la dehesa donde le esperan las vaquitas huríes para rematar sus días cubriéndolas en premio a su bravura. Puro pensamieno Disney, línea Ferdinando. Buenismo contemporáneo sin más.

Los toros bravos viven siempre, sin necesidad de indulto, en la cabeza de los aficionados. Porque los aficionados amamos a los toros sobre todas las cosas. Los toros bravos, decimos. ¿Cuántos toros verdaderamente bravos habremos visto en toda la vida? ¿Dos? ¿Tres? Vaya usted a saber, pero por irnos a uno sobre el que no hay discusión posible -acaso sólo con aquellos pobres hombres del tendido 7 que recibieron con pitos su salida a la arena- traigamos aquí al gran Bastonito para demostrar de forma patente lo innecesario del indulto. Si en su lidia no se hubiese producido aquel último acto, a sangre y fuego, en que el Maestro Rincón y Bastonito parten el uno contra el otro en ese choque de trenes en el que uno lleva el estoque y el otro sus dos pitones, en la emocionante incertidumbre de quién ha calado a quién, podríamos decir que la lidia de Bastonito no hubiese sido completa, porque el fin de un toro, y especialmente si es bravo, es su muerte a estoque.

Y luego, el mito de la dehesa, que yo creo que los ganaderos mandan matar a estos indultados de chicha y nabo, que a ver quién es el guapo que pone a esos bichejos a padrear y a ver cómo ligan, que lo de la ganadería no está como para hacer experimentos. Se corren las voces por ahí de que incluso el Padre Idílico, al que indultó el dios pétreo en Barcelona, fue asesinado y se creó la leyenda urbana de su enfermedad renal para justificar que ese toro en la dehesa sólo servía para gastar, porque nadie quiere mantener a un animal que sólo come y no produce más que molestias.

Viene todo esto a cuenta del indulto de El Cid el otro día, en San Sebastián de los Reyes, a un torillo enano de El Ventorrillo que se llevó un pinchacito a guisa de puyazo. Me parece genial que, si todo el mundo anda con la peste de los indultos a cuestas, a El Cid también le toque el suyo, faltaría más. En plaza pueblerina y corrida de perrillos, un tío que viene de mirar a los ojos a los Victorinos puede indultar al toro si le place o ponerle un piso, colocarle de barrendero en el Ayuntamiento o nombrarle heredero, siempre que eso sea legal. No es relevante el tal indulto porque eso no significa absolutamente nada, ni siquiera para el ganadero (¿ganaduros?), que, según me cuentan, estaba como loco a ver si le sacaban el pañuelico de marras; ni mucho menos para el embelesado público que, con la tontuna del indulto ya cobró su ración de momento-histórico-único-irrepetible de esa semana.

En cualquier caso, seguro que fue un placer ver a Manuel Jesús tranquilito y relajado dibujando su toreo tan puro para los que tuvieran la suerte de verlo, sin tener que preocuparse de las malas intenciones del bicorne. Yo, desventurado de mí, me lo perdí. No se puede estar en todas partes.

Fuente: Blog Salmonetes ya....

lunes, 30 de agosto de 2010

Parando relojes ante los victorinos / Por Jorge Bustos


Victorino Martín, el mejor ganadero de la historia en números redondos,
ante las estantiguas del toreo moderno en el Ercilla

Jorge Bustos

Bilbao para los taurinos es como La Meca para los moros o la música de un salón de bodas para Teddy Bautista. Un imán de magnetismo irreprimible. A la arena negra de Vista Alegre echaron el miércoles los toros de Victorino Martín, que son unas bestias malencaradas cuyos pitones parecen diseñados específicamente para desgarrar tejido humano y cuyas pupilas huecas e insensibles comparten con los tiburones. Las plazas son toristas o toreristas en función de que prepondere la ganadería o el cartel, y los buenos aficionados saben que en la tauromaquia lo importante es el toro. De ahí la relevancia de la feria bilbaína.

Uno, que no sabe de toros lo que le gustaría, tuvo la fortuna de acudir a la plaza con la gente que más sabe de España, y que mejor escribe también. Estaban Ignacio Ruiz Quintano y José Ramón Márquez -azote de Morante y El Juli en virtud de una ironía alevosa que manejan como El Cid la mano izquierda-, Catalina Luca de Tena, la concejala de Arganzuela Dolores Navarro y Valle Camello, también al servicio de Gallardón, al que Azkuna ha invitado para que vea a El Juli, aunque suponemos que a Gallardón le satisfaría más que lo llevaran a ver zanjas o anillos ciclistas. Primero anduvimos por el Hotel Ercilla, apéndice urbano de Vista Alegre porque allí se hospedan todos los toreros y hormiguean confundidos los curiosos y los familiares de los matadores, sus groupies ansiosas y sus apoderados nerviosos, famoseo flamenco y en general mucha clase bien.

Sentados en el tendido 4 vimos salir aquellos bichos negros para que los afrontasen El Cid, Juan José Padilla y Diego Urdiales. Fue una corrida emocionante como siempre que median los victorinos, aunque a El Cid le tocó el lote más cabrón y Pirri, uno de su cuadrilla, sufrió un revolcón sin consecuencias. Tomando una copa luego, Pirri nos enseñó la cicatriz en la garganta que le dejó una antigua cogida y que es como la que debe de tener Julio Aparicio. “¡Si es que ese toro me llegaba hasta aquí”, nos decía El Cid tras la faena. El que sí triunfó fue Padilla, que recibió al cuarto a portagayola y luego le ligó pases espectaculares. Antes de ponerse de rodillas vi a Padilla santiguarse, porque, perdónenme ustedes, hay que tener muchos cojones para arrodillarse ante la salida de un victorino. “¡Se ha santiguado! Si lo ve Zapatero...”, comentó Ignacio. Márquez cabreaba a los morantistas que teníamos debajo: “¡Morante, siéntate con estos toros en la silla y ponte a parar relojes!”. El descojone, oigan. Por ahí andaban Basagoiti y el lehendakari, Sánchez Dragó, Los Morancos, Los del Río y otros varios de cuyo nombre no me acuerdo. Todos importantes.

sábado, 28 de agosto de 2010

Bilbao y El Puerto, misma cosa / Por José Ramón Márquez

El que para los relojes (¡no será con los cuernos!),
despachando un pepitoveragua en la plaza torista

Leandro (antes Marcos),
despachando otro pepitoveragua en la misma plaza torista


José Ramón Márquez
Malo, Aresti, so malo, Aresti. ¿Cómo traes esos toros para July? Todo el día que si Bilbao esto, que si Bilbao lo otro, y vas y traes los zalduendillos para July, teniendo en el Ercilla a la Señora, que la podías haber pedido seis jaboneros de Prieto de la Cal, para hacer contraste con la arena y que, además, July, el hombre, estaría encantado de matarlos, que el otro día sin ir más lejos mató un santacoloma en Cuenca para demostrar que él es hombre de retos y que la importancia le viene neta, le echen lo que le echen, que hasta hubo uno por ahí que escribió que July era el mejor después de Gallito.

Porque la culpa de este desaguisado es sólo de Aresti, que es el que trae los toros. Lo mismo que compró los de Pepito Veragua, pues se fue y compró los de Zalduendo, en el Hiper Taurineo Domecq, que aunque los Zalduendo desde mil ochocientos y pico eran toros navarros; vamos, de Euskal Herría, que decimos en Bilbao, y ahora son puros Jandilla, aunque algo les quedará del rollo euskaldún, por lo menos el apellido, y entre vascos, pues nos entendemos.

La verdad es que a la Feria del Toro la pasa como a la semana torista de Madrid, que dime de lo que presumes y te diré de lo que careces. Vamos, que acaba resultando lo que se dice una ful de Estambul. Aquí, en Bilbao, es por razones distintas. Aquí se ve a las claras, que no hace falta ser Nostradamus para saberlo, que si pones en unos carteles a Cayetano, a July, a Manzanares o a Morante, el torismo es una ilusión como le rayon vert, porque es que esos ven un toro y es como si viesen a Lucifer, Príncipe de las Tinieblas. Ellos van a la Plaza a otras cosas: uno a la pose para los fotógrafos, otro a la importancia, aquél al rollo mediterráneo, y al escacharre de los pelucos el de más allá. Cada uno va a lo suyo, que, por cierto, no es el toro ni muchísimo menos, faltaría más, con el susto que dan esos malditos animales.

Y digo yo que, por tonto que sea el tal Aresti, esto se lo debería saber de perlas; pero el rollo es el rollo y es que, al final, no vamos a estar en Bilbao sin Cayejuly, sin Manzarante, y si resulta que ellos no quieren toros pues habrá que traer cabras, que si no, ni viene ni Manza, ni July, ni Caye ni Moran, que esos es que ven a un toro y es lo mismo que si viesen frente a ellos a Belial o a Astarot. Seguro que no se han fijado en que el diablo, Aamón o Barbatos, también suele tomar la forma de cabra, de macho cabrío, pero es que resulta que ellos están muchísimo más a gusto con la cabra del Príncipe de las Tinieblas para su toreo demoníaco y tan a menudo detestable, que con el toro serio, encastado y con trapío que les mete el miedo en el cuerpo y que, a fin de cuentas, es un dios: Zeus, jabonero de Prieto de la Cal, que porta a Europa -esa vieja puta desdentada y de tetas caídas- en sus lomos.

El tema es que, además, a toda esta burla que perpetran contra el toro, contra el toreo y contra la afición trayendo a estos toreznos y a esos tíos vestidos de oro, como si fuesen alguien, la llaman cartel atractivo. Y luego se extrañan los tíos de la pluma de que los bichejos no tengan ni media leche ¡Vaya novedad! ¡Un Zalduendo sin media leche!
Si acaso eso mismo pasase en la Monumental de Villarrubia de los Ojos, recién inaugurada, pues daría lo mismo, pero es que si te llevas tirando el rollo de que eres la feria torista, de que si tal y cual y luego resulta que echas al ruedo la misma basura que en Cieza, con los Zalduendo de Jandilla o con los Reinitajos del tal Pepe Veraguas, pues resulta que de torista tienes casi lo mismo que tiene El Puerto, pero estos últimos sin tirarse el rollo, que ya me hubiese gustado a mí haber visto a cualquiera de los cuatro tenores comiéndose la de Cebada Gago que mató Jesuli de Torrecera. Bueno pues en Bilbao, a base de tirarse el rollo, Aresti nos ha traído a Victorino y a Alcurrucén y en El Puerto sin tirarse el nardo del torismo, llevaron de tapadillo la de Cebada, o sea que, como dicen los de los deportes, podemos decir que estamos en empate técnico. Bilbao y El Puerto, misma cosa.

Si Bilbao no se endereza, en un lustro está como Burgos, a falta del cumpleaños de El Cordobés. Se admiten apuestas.


Fuente: Salmonetes ya....