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miércoles, 5 de enero de 2011

EL PRIMER TORERO MURCIANO / Por Plácido González Hermoso

EL PRIMER TORERO MURCIANO

PEDRO DE LA CRUZ “EL MAMON”

Por Plácido González Hermoso
   Las primeras noticias que disponemos de este primer torero murciano conocido, nos las facilita Diego Ruiz Morales en su obra “DOCUMENTOS HISTÓRICO-TAURINOS, EXHUMADOS Y COMENTADOS” donde en su pag. 96, con el título “1750. Pedro de la Cruz. 
 
 Una carta desconocida de un Lidiador de Feo Apodo” nos informa que son: “… paupérrimas las noticias que sobre este lidiador nos facilita Recortes en su exámen sobre la Tauromaquia en el siglo XVIII; lidiador que ostentó por esas plazas, no sabemos si por subrayar sus éxitos o sus fracasos, el apodo de El Mamón…” afirmando a continuación que de su existencia dan fe en sus escritos tanto Daza, como Moratín.

     La carta autógrafa que nuestro torero dirige al Clavario del Hospital, al parecer el de Valencia, que nos facilita Ruiz Morales, aunque este término no consta en el documento, “… pero tengo razones –dada la procedencia de la documentación- para estimarlo así”, afirma el Sr. Morales, que en aquella fecha firmaba con el seudónimo de “el Torero”. Literalmente la carta dice lo siguiente:

     “
Muy Sºr. mio y mi Dueño, después de desear a V.S. una cumplida salud y que exerzitte lamía en quantto fuere de su serbizio paso adezirle como p.r Cartta que ereziuido de Joseph Ponciano vecino deesa Ziudad, me participa que para el día 27 de Julio sezelebran [sic] las Corridas de toros en esa Ziudad hasta el 29 del prebiniéndome al mismo [sic] tiempo elqueno hago faltta; y respectto de que quando reziuí dha Cartta tenia ya dada palabra al Cau.º Correg.r destta Ziudad para asistir ala fiesta de Toros que en los mismos dias del mes de Julio se hande Correr en ella; Me balgo de la protección y autoridad de V.S. suplicándole sesirua ynteresarse afín de que se suspendan las fiestas de toros Que se han de celebrar enesa Ziu.d para el mes de Agosto pues hasta el dia 24 del metendra V.S. para seruirle, lo que executare gustoso si selogra el que se difieran dhasfiestas para primeros de dho. mes de Agosto, y me llebare hazia alla dos Amigos de especial abilidad, y ottro que rejonea a lo Turco quienes desempeñaran su obligación, a cuio fauor estare Spre. agradecido y mui para servir a V.S. si le mereciere sus preceptos: y estimare infinito meabise V.S. lo que resultase deestami suplica y enel ínterin q.do (quedo) rog.do(rogando) a Dios le g.e m.s a.s
                                 Murzia y Junio 25 de 1750.
                      B. L. m.s de V.S. su mas  Af.to y rend.do ser.r  
                      Firma: “Pedro de la Cruz el Torero” ....... S.r Clavario.” 
 
-----Traje goyesco 1780
     Lo más sorprendente e insólito que refleja esta carta, es la pretensión del torero de que se suspendiesen o retrasasen las corridas de toros en Valencia hasta primeros de Agosto, ya que tenía apalabradas varias corridas en Murcia, en el mes de Julio. Todo ello nos demuestra que, en aquellos años, Pedro de la Cruz, debió gozar de bastante fama y predicamento, además de tener, presumimos, una poderosa influencia con el Clavario de Vale
ncia, pues de no ser así, se supone que ningún torero de “medio pelo” (dicho con todos los respetos) se atrevería a tamaña insolencia pretensiosa.
     Otro detalle que revela la misiva, es la posibilidad de que, en aquella fecha, contaría con una especie de cuadrilla propia fija y, sobre todo, la presencia de un personaje que “rejonea a lo Turco”. (1)

     A pesar de la importancia de la carta que aporta Ruiz Morales y que, al igual que del resto de los documentos que transcribe en su libro, están extraídos del Archivo Histórico Nacional y merecen todo el crédito debido, no hay que darle mayor importancia a la frase de que: “…son paupérrimas las noticias sobre este lidiador…”, ya que, a pesar de la corta bibliografía taurina que poseo, podemos conocer mas datos sobre las andanzas de este peculiar torero murciano.
     Según la Tauromaquia de Guerrita, parece ser que toreó en Bilbao los días 19, 20 y 21 de Agosto de 1.756 en la Plaza vieja “…que se convertía al efecto en circo taurino, clavándose fuertes barrotes de hierro en el suelo de trecho en trecho, ligados unos a otros hasta formar un círculo, detrás del que se levantaban, por medio de andamiajes, los tendidos... Entre las más notables corridas celebradas en esta Plaza, figuran las que se efectuaron el citado año de 1.756, con motivo de la apertura de la iglesia de San Nicolás...”
En la nota al pié de página se cita: “…jugándose 23 toros del campo de Salamanca y Castilla la Nueva, que costaron, puestos en Bilbao, 27.348 reales y las propinas de los vaqueros. La nómina de los lidiadores que en ella tomaron parte es la siguiente:
Picadores.- Juan Amisas y Cristobal Rabisco, a 2.400 reales...4.800.-
Primer torero a pié.- Diego del Alamo................2.400.-
Segundo id id -PEDRO DE LA CRUZ................1.500.-
Tercero id id -Juan Castell (Castelillo)...............1.500.-
Vicente Sánchez (Manchego)...........................1.200.-
                                                  Total…....…13.268.-
(2)


     A pesar de esas paupérrimas noticias a que hace referencia Ruiz Morales, sí podemos ampliarlas, aún más, con las que nos aporta un eminente médico-bibliófilo navarro, D. Luis del Campo, extraídas del Archivo Municipal de Pamplona, donde no ha quedado legajo alguno que se haya resistido a sus agudas pesquisas, y, con ello, nos revela las andanzas pamplonicas del torero murciano.
     Según éste autor, el lunes 20 de junio de 1757, viaja a caballo desde Madrid a Pamplona, en compañía de dos Picadores de vara larga, según una carta, de 22 de junio, del delegado del Ayuntamiento de Pamplona en Madrid, Sr. Mendinueta informando: “...pongo en su noticia como el lunes 20 del presente se pusieron en viaje para esa Pascual Brey y Miguel Ramírez, ambos picadores de vara larga y de la mejor habilidad que hay en los que al presente se hallan en esta Corte, esperando yo dejen a V.S. con el lucimiento que apetece y yo deseo. Tengo manifestado a V.S. van ajustados en los propios términos y circunstancias que los del año anterior, a reserva de que por la misma detención que hagan en esa Ciudad se les ha de considerar a cada uno el peso diario para su gasto. Y a fin de que V.S. se halle enterado del dinero que les he entregado a cuenta, incluyo el recibo adjunto de 23.400 reales y una cuentecita de 16 doblones y medio que he pagado por los cuatro caballos que llevan para torear, cuyas dos partidas componen la cantidad de 53.170 reales de vellón. En compañía de los mismos picadores ha ido Pedro de la Cruz, alias el Mamón…" (3) 
 
     El Sr. del Campo, al hacer la biografía navarra de nuestro primer torero murciano conocido, dice de Pedro de la Cruz: “Oriundo de Murcia debió de ser célebre en su época, aunque los datos que refieren algunos tratadistas resultan harto confusos.
    En Pamplona actúa por los sanfermines de 1757, realizando el viaje desde Madrid a
caballo en compañía de los picadores Ramírez y Brey. Comunicaba el Sr. Mendinueta, representante del Ayuntamiento de Pamplona en Madrid, entre otras muchas cosas, al Municipio el 22 de junio de tal año: “… ha ido Pedro de la Cruz, alias el mamón, por una carta que parece le ha escrito a este efecto Prudencio García (
famoso torero considerado navarro o vasco-navarro, incluso por su contemporáneo Daza, a pesar de ser natural de Logroño), y no habiendo aquí torero de fundamento he tenido por conveniente suspender toda diligencia, bien que espero que si no le impide alguna desgracia, sea bastante a desempeñar con lucimiento la fiesta, haciendo presente a V.S. que yo nada he tratado con él para este viaje, a fin de que por V.S. se le haga la consideración que tuviere por conveniente y merezca su trabajo...”.
    Al parecer le pagaron por su actuación unos emolumentos algo elevados, como se hace constar en el libramiento correspondiente de 1757: “Pagó el Tesorero al Mamón y su compañero, 800 reales”, a pesar de que según se hace constar, por el Ayuntamiento de Pamplona al delegado en Madrid, Sr. Mendinueta, en carta del 21 de julio de 1757: ”...el famoso Mamón empezó a hacer algo, pero luego le acometió una cojera de miedo que le duró en las dos corridas y no será poco que esté libre de ella a la hora de ésta, con que más sirvió de objeto de risa que de diversión...” a cuya información respondió el Sr. Mendinueta :”...lo que únicamente me causa admiración es lo mal que se ha portado el Mamón, pues es cierto que en cuantas corridas le hemos visto ha sido especialísimo no sólo en el uso de sus bufonadas, sino en la destreza del primor, pero como esta facultad tiene su término, sin duda habrá empezado a declinar”. Se cree que en dicha ocasión pudo realizar la suerte de “montar los toros”.(4) De todo ello se desprende que toreó varios años en Pamplona.

     Otra vez Guerrita, en su Tauromaquia, al biografiar a nuestro torero, dice: “Pedro de la Cruz (el mamón), Matador de toros, que figuró en la segunda mitad del siglo XVIII. Como tercer espada trabajó en la Plaza de Madrid el 18 de Mayo de 1758”.(5)
     Fernández de Moratín lo cita en su célebre “Carta Histórica”, publicada en 1775, y dice que los varilargueros, “...cuando caen del caballo, suelen esperar a los toros a pié, con la garrocha enristrada, y al Mamón le vimos mil veces cogerlos por la cola y montar en ellos”.(6)

     Dicen que debió ser un torero original, entre serio, bufo y grotesco. Algo parecido a lo que más tarde fue un Lavi o un Larita.
     Pero no olvidemos que el toreo en el siglo XVIII se parecía poco al del siglo XIX y mucho menos al toreo actual.
     Por ello, hay que tener presente que, por aquellas calendas, se estilaban las suertes de la lanzada a pié, saltar los toros, tanto al trascurno (incluso practicado por Guerrita, ver La Lidia de 1.890) como de cabeza a cola, mancornarlos, montarlos, picarlos montados sobre otro hombre (reflejado en la tauromaquia de Pepe Hillo) y otras suertes pintorescas hasta finales del s.XIX.
    Los que puedan tener acceso, vean las imnumerables imágenes y las diferentes suertes publicadas por “La Lidia” y verán que el torero murciano no era un torero ni raro, ni diferente a los de su época.
 
     Por tanto, lo que pueda parecer y deducirse del final de la carta pamplonica, el torero murciano, para mí y espero que para la mayoría de los aficionados, no fue un torero ni bufo ni experpéntico, si no que actuó ajustándose a los cánones de la época y respondió a los gustos que aquel público demandaba. Por tanto “ningún demérito” para D. Pedro de la Cruz “El Torero” ó “El Mamón”, como quisiera o quisiesen llamarle. Por ello todos los respetos, no solo para este torero, sino para todos los toreros de todas las épocas; y como decimos los taurinos: “un respeto para todos los que se visten de luces”.
 

BIBLIOGRAFÍA
(1).- Diego Ruiz Morales, “Documentos histórico taurinos” pag. 97.- La carta se encuentra en el Archivo Histórico Nacional. Diversos. Fiestas públicas. Legajo 1. Autógrafos de toreros. Número 5.
(2).- “La Tauromaquia” de Guerrita, 1896, tomo II, pag. 645
(3).- Luis del Campo “Pamplona y Toros, siglo XVIII”, pag. 261
(4).- Luis del Campo “Pamplona y Toros, siglo XVIII”, pag. 271
(5).- “La Tauromaquia” de Guerrita, 1896, tomo II, pag. 1101
(6).- Nicolás Fernández Moratín, “Carta Histórica”,Edicc. de La Fiesta Brava, MCMXXIX, pag. 29

miércoles, 14 de julio de 2010

EL TORO PORTADOR DE IMAGENES - I / Por Plácido González Hermoso




Por Plácido González Hermoso
MITOTAURICO

La mitología del toro es tan extensa y variada que puede contemplarse desde distintos enfoques conceptuales.
En esta ocasión el análisis será desde uno de los aspectos religiosos, donde la utilización del toro portador de las imágenes de los dioses en los desfiles procesionales, utilizando carros cultuales, está ampliamente documentada en las diferentes sociedades de la antigüedad.
Los sumerios utilizaron, incluso, el término de “Toro conductor” para designar a uno de sus meses primaverales.
Durante la festividad del Año Nuevo babilónico, llamado mes de Nisán (equivalente al mes de Marzo), las imágenes de los dioses locales eran llevadas, desde otras ciudades, hasta Babilonia, transportadas en los barcos procesionales conocidos como “magur ó mathusa” y puestas encima de una plataforma que era portada por un toro y acompañado por el soberano, como recoge la impresión de un cilindro-sello hallado en el tesoro del templo de Uruk, de finales del IV milenio a.C. Durante los días que duraba la celebración del Año Nuevo, los dioses eran llevados, en solemne procesión, de templo en templo de la ciudad babilónica, en una especie de peregrinaje penitente.

Otra costumbre, en Oriente Próximo, fue la de enganchar toros a los carros que conducían al difunto a su última morada, o también en los carros procesionales en los que desfilaban los dioses o los ornamentos sagrados.

Esa evidencia la hallamos representada en un vaso de oro de Hasanlu (s. XIX a.C.) hallado cerca del lago Urmia (N.O. de Teherán, Irán) donde aparece, entre otros motivos, un carro conducido por un dios alado y tirado por un buey celeste que escupe la lluvia, exponente manifiesto de la representación del dios de la lluvia o las tormentas.

En la Biblia encontramos un hermoso pasaje que nos relata un episodio en el que el Arca de la Alianza es transportada en un carro tirado por dos bueyes -tras abandonarla los filisteos después de sufrir grandes desgracias por haberla robado a los judíos-, cuando el rey David la trasladó a Sión: “Pusieron el arca de Dios sobre un carro nuevo y la llevaron de la casa de Abinadab. Conducían el carro Uza y Ajio. David y todo Israel danzaban delante de Dios con todas sus fuerzas y cantaban y tocaban arpas, salterios y tímpanos, címbalos y trompetas. Cuando llegaron a la era de Cidón, Uza tendió la mano para agarrar el arca, porque los bueyes recalcitraban...”, es decir se resistían a seguir el camino; cuya acción le costó la vida a Uzá, por haber tocado el Arca. (1Cron.13,7-10)

Otro dato curioso en el que el toro es portador, no de imágenes o dioses como acabamos de relatar, sino de objetos sagrados, es la gran fuente de abluciones del Templo de Salomón -construido en el 4º año del reinado de Salomón 971-931 a.C.; destruido el año 587 a.C. por Nabucodonosor II y reconstruido entre el 520-515 a.C. y definitivamente destruido el año 70 d.C. por los ejércitos de Tito-, conocido como el “Mar de bronce”, mandado construir por Salomón al fundidor Hiram, hijo de una viuda de la tribu de Neftalí y natural de Tiro, cuyas dimensiones eran: “…diez codos del uno al otro lado, redondo (un codo equivalía a 45 centímetros, total 4,5 metros de diámetro), y de cinco codos de alto... Estaba asentado sobre doce toros, de los cuales tres miraban al norte, tres al poniente, tres al mediodía y tres al naciente... Hacía dos mil batos" (un bato equivalía a 37 litros, total 74.000 litros). (1Reyes 7, 23-27)
El “Mar de bronce” fue destruido por Ajaz, duodécimo rey de Judá (736-716 a.C.) que subió al trono a la edad de veinte años, alejándose de Yahveh y.”…hasta hizo pasar a su hijo por el fuego, según las abominaciones de las gentes…”(2Reyes,16,3), la destrucción la relata la Biblia del siguiente modo: “El rey Ajaz destruyó los paneles de las basas, quitó de ellas el aguamanil, bajó el mar de bronce de encima de los toros que estaban debajo de él, poniéndolos sobre el pavimento de piedra...”(2Reyes, 16, 17-19)
Aunque la Biblia no es demasiado explícita al respecto, encontramos al menos dos ejemplos que ilustran la utilización de toros en el transporte funerario, aunque separados en el tiempo por varios siglos, nos inducen a pensar que su uso estuvo en vigor durante bastantes centurias.
En el pasaje en que se relata la muerte del rey de Judá, Ocozías (843 a.C.), a manos de Jehú, cerca de Megiddo, se dice que ”...sus siervos le llevaron en un carro a Jerusalén y le sepultaron...”(2Reyes, 9, 28)

En otro pasaje de ese mismo libro se relata también la muerte del rey Josías (609 a.C.) por el faraón Necao, también en Megiddo “Sus servidores trasladaron su cadáver en un carro desde Megiddo, llegaron a Jerusalén y lo sepultaron en su sepulcro...”(2Rey 23,30).
Aunque el autor bíblico no cita qué animales arrastraban los carros, sí sabemos, por la iconografía de la época, que los toros o bueyes eran los animales de tiro habituales y destinados a estos menesteres, ya que los caballos solo se utilizaban para la guerra y para los carros de guerra.

Tal vez uno de los episodios más representativos narrados en la Biblia es sin duda la famosa visión del profeta Ezequiel (627-570 a.C.) que la identificó como "La Gloria del Señor", hecho ocurrido cuando se encontraba entre los componentes del pueblo judío deportado en tierras de Babilonia, ordenada por Nabucodonosor II, allá por el siglo VI a. C. La narración del propio Ezequiel, desde el Capítulo I, comienza así:
“Hallándome entre los deportados, a orillas del río Quebar, se abrieron los cielos y contemplé una visión divina. Fue el año quinto de la deportación de Jeconías (conocido por Joaquín de Judá, 598-597).Vino la Palabra del Señor a Ezequiel…Entonces se apoyó en mí la mano del Señor, y vi que venía del norte un viento huracanado, una gran nube y un zigzagueo de relámpagos. Nube nimbada de resplandor, y entre el relampagueo algo como el brillo del electro. En medio de éstos aparecía la figura de cuatro seres vivientes; tenían forma humana, cuatro rostros y cuatro alas cada uno. Sus pies eran como pezuñas de novillo… Su rostro tenía esta figura: rostro de hombre, y rostro de león por el lado derecho de los cuatro, rostro de toro por el lado izquierdo de los cuatro, rostro de águila los cuatro… Miré y vi en el suelo una rueda al lado de cada uno de los cuatro seres vivientes… las cuatro tenían la misma apariencia. Su hechura era como si una rueda estuviera encajada dentro de la otra…para poder rodar en las cuatro direcciones sin tener que girar al rodar…Sobre la cabeza de los seres vivientes había una especie de plataforma… Y por encima de la plataforma, que estaba sobre sus cabezas, había una piedra de apariencia de zafiro en forma de trono; sobre esta especie de trono sobresalía una figura que parecía un hombre…Era la apariencia visible de la Gloria del Señor”.
Más adelante, en el capítulo 10,13, Ezequiel describe nuevamente la visión reseñada y dice: “Oí que a las ruedas las llamaban La Carroza” .

El profeta Habacuc (605 a.C.), al parecer contemporáneo de Ezequiel, hace referencia al carro de Yahveh cuando le interpela: “¿Es que arde, Señor, contra los ríos, contra los ríos tu cólera, contra el mar tu furor, cuando montas tus caballos, tu carro victorioso?”
Y anteriormente a todos éstos sucesos, el profeta Isaías (s.VIII a.C. Según los apócrifos Vida de los Profetas, murió aserrado durante la persecución provocada por el rey Manasés) en el último capítulo de su libro, el 66-15, advierte cual es la forma de la llegada del Señor Yahveh, cuando habla de los que serán excluidos de la nueva Jerusalén: “Porque el Señor llegará con fuego y sus carros como torbellino, para desahogar con furor su ira y su indignación con llamas”.
Una de las descripciones más antiguas en Turquía, sobre los desfiles procesionales con carros cultuales portadores de imágenes, se encontró en un texto cuneiforme protohitita de Bogazköy, del III milenio a.C., donde se narra una fiesta en Capadocia en honor del dios Telepinu: “El cuarto día, cuando amanece, el sacerdote (del templo) de la ciudad de Hanhanna engancha los bueyes al carro del dios.Dos bueyes son regalados por el sacerdote de la casa de Orijanni (un gran señor cuya profesión no se precisa). Ellos colocan al dios y su sacerdote ... El segundo día: sus orejas (las de los bueyes) se adornan también ... Colocan al dios detrás (es decir, detrás de los bueyes sobre el carro). Su sacerdote se coloca con él. Luego él (el sacerdote) sujeta al dios en su lugar..." (para impedir que la estatua o la estela divina se desplace o se caiga).

El dios de la tormenta Hitita Teshub, viajaba montado en su carro, de ruedas muy primitivas, tirado por sus dos toros sagrados Sheri y Urri, traducido por “Día y Noche”.

Otra modalidad de toros transportadores de dioses eran las monturas sagradas de la divinidad, de uso común en muchas zonas del conocido “Crecienten fértil”, como se aprecia en el dios Adad, dios de la tormenta de la zona Alepo y Ebla, que tenía como montura un toro sagrado.








La iconografía representativa de esas monturas sagradas era un tema recurrente en una amplia zona del oriente próximo, dentro de una extensa gama de soportes, como cilindros-sellos sobre arcilla, cobres, basalto, esteatita etc.








Es interesante una estela basáltica encontrada en Ebla, hacia el año 2.000 a.C. hoy en el Museo Arqueológico de Idlib. Sus cuatro caras estaban subdivididas en cinco registros, donde en la cara principal se ve a la diosa Ishtar, dentro de un curioso edículo alado (templete para cobijar a las divinidades), puesta sobre la espalda de un toro; todo ello encuadrado entre dos hombres-toro.

En la cara posterior aparecen dos figuras míticas, una esfinge alada y un toro androcéfalo.

Lo mismo ocurre con la montura del dios de la India Siva, que era el toro Nandi, el cual dicen que labró con sus cuernos los cauces de los ríos Indo y Ganges. Esta asociación del toro y la divinidad, con Siva en este caso, bien pudieran haber sido adoptadas de las ultra-lejanas concepciones religiosas de las poblaciones paleolíticas de la península indostánica, donde se han encontrado unas pinturas rupestres, en concreto en la zona de Bhimbetka, cerca de Bhopal, en las que se representa a un personaje sobre un toro, que más bien pudiera identificarse con una vaca, cuya orla rodeándole nos inclina a pensar que nos hallamos ante la presencia de una divinidad.


La escena pudiera ser asociada al dios de las tormentas, en el caso de que fuese un toro el animal representado, de un amplio arraigo en las sociedades agrícolas, o bien, si fuese la vaca el animal de la pintura, se referiría a una escena de fertilidad, de gran fuerza e importancia en dichas sociedades agrícola-pastoriles.
El nombre Bhimbetka, el lugar donde se encuentran dichas pinturas, se cree que podría proceder de la frase dialectal bhīm bait ka (“Bhimá que se sentó en estas rocas”, un personaje del inmenso texto épico sánscrito Majábharata, escrito hacia el siglo VI a.C.).
Aunque las informaciones que han llegado hasta nosotros no son lo suficientemente abundante como quisiéramos, relativas a la cultura desarrollada en el valle del río Indo, entre el 2600 y el 1800 a.C., (en el actual Pakistán), en concreto en las zonas de Möhenjo Daro, que significa “montículo de la muerte”, y Harappa, al menos las impresiones sobre arcilla y los objetos iconográficos encontrados, en las excavaciones arqueológicas, delatan una fuerte presencia del toro en la esfera religioso-cultual.
Muestra de ello es este carro ceremonial de oro portando a un personaje, posiblemente una divinidad protectora y tirado por dos toros.
En el ritual de la muerte y resurrección de Atis, circunscrito a las fiestas de primavera dedicadas a Cibeles en las fiestas de Año Nuevo, coincidentes con el equinoccio de primavera, el día 27 de marzo, el festival romano finalizaba con una procesión al arroyo Almo (arroyo que desemboca en el Tiber al pié de las murallas de Roma), adonde era llevada la imagen argéntea de la diosa, tallada toscamente en piedra negra, colocada encima de una carreta tirada por bueyes, en cuyo arroyo era lavada la carreta y la imagen de la diosa por el gran sacerdote. A la vuelta del baño esparcían sobre la carreta y los bueyes las flores de primavera.
En el país del Nilo, está perfectamente documentada la utilización de carretas tiradas por bueyes para arrastrar el catafalco de la momia hasta su última morada, cuya práctica la encontramos reflejada en las pinturas de las tumbas reales de Tebas.

Más tarde, Apis se convirtió en el toro que sirvió de vehículo a los miembros recompuestos del cuerpo de Osiris, tras fallecer a manos de su hermano Set, en aquella lucha fratricida, Isis, esposa y hermana de Osiris, después de haber reunido los miembros de éste, los metió en un buey de madera que se supone lo transportó a su sepultura.
Se sabe que los griegos uncían bueyes a los carros que tiraban del sarcófago del difunto, como lo refleja la Ilíada que ocurrió en la guerra de Troya, para el traslado de los soldados muertos. Tras la lucha entre Héctor y Ajax éste llega ante la presencia de Agamenón que le brindó el lomo entero de un buey. Tras comer, el anciano Néstor habló a los Atridas y les pidió: “…retiremos los cadáveres con la ayuda de mulas y de bueyes, quemándolos ante las naves para que cada cual pueda llevar las cenizas de los suyos a sus hijos…”. (Rapsodia VII,327)
También la deidad griega Hera, la celosa esposa y hermana de Zeus -diosa del matrimonio y los nacimientos, cuyo emblema era una vaca, por ser un animal maternal- disponía de un carro arrastrado por dos bueyes blancos para sus desplazamientos.

Esta relación del dios con el toro en cuanto montura, como antecedente oriental trasladada a nuestra Península, la podemos encontrar en una pintura prehistórica del abrigo de la Vieja (Alpera, Albacete), que al decir de los entendidos, una figura de gran tamaño, tocada con un penacho de plumas, con tres flechas en una mano, apoya su pié izquierdo sobre el testuz de un toro mientras que su pierna derecha traspasa los cuartos traseros de un ciervo. Parece ser que esta imagen podría representar a un dios de la caza, o también podría tener alguna relación con el dios de la tormenta, si considerásemos las tres flechas de la mano derecha como símbolos de los rayos de la tormenta, que la mayoría de dioses de esta potestad exhiben en las representaciones pictóricas orientales.
Otros ejemplos que ilustran la utilización del toro en los transportes funerarios, ocurrió al transportar el cuerpo del apóstol Santiago el Mayor, cuando arribó a las costas gallegas de la ría de Padrón.
Sin embargo, después de llegar a Jerusalén, donde el apóstol fue degollado por orden del rey Herodes Agripa, dos de sus discípulos robaron el cuerpo y tras prepararlo lo embarcaron de nuevo rumbo a Iria Flavia.


El 25 de julio del año 44, tras un largo periplo que los llevó desde Israel al fin de la Tierra, transportado en un barco dentro de un sarcófago de mármol y después de franquear las columnas de Hércules, abordó las costas gallegas españolas. La reina Lupa, que habitaba en tierras gallegas, indignada, mandó uncir, al carro que debía transportar su ataúd, dos toros salvajes para que lo rompieran contra las rocas, pero los toros impresionados por el signo de la cruz se volvieron mansos cual corderos y lo llevaron hasta el palacio de la reina, que se convirtió y transformó su palacio en un monasterio, cuna de las peregrinaciones de Santiago.

Este acontecimiento milagroso es relatado en el Libro II, Capítulo I del “Codex Calixtinus”, un manuscrito iluminado, de mediados del siglo XII, conservado en la Catedral de Santiago de Compostela y atribuido al Papa Calixto II (1050-1124) de la siguiente manera: “…Sus discípulos, apoderándose furtivamente del cuerpo del maestro, con gran trabajo y extraordinaria rapidez lo llevan a la playa, encuentran una nave para ellos preparada, y embarcándose en ella, se lanzan a la alta mar, y en siete días llegan al puerto de Iria, que está en Galicia, y a remo alcanzan la deseada tierra…. Emprendida, pues, la marcha hacia oriente, trasladan el sagrado féretro a un pequeño campo de cierta señora llamada Lupa… le piden que les dé un pequeño templo en donde ella había colocado un ídolo para adorarlo… y les contesta hipótricamente: “"Id, dijo; buscad el rey que vive en Dugio, y pedidle un lugar para disponer la sepultura a vuestro muerto"…. Obedeciendo sus indicaciones…llegan… a presencia del rey… y le cuentan en detalle quiénes y de dónde son y por qué habían venido. El rey… ordena… que ocultamente se les prepare una emboscada y que se mate a los siervos de Dios. Pero, no obstante, descubierto esto por voluntad de Dios, marchándose secretamente, escapan huyendo con rapidez. Cuando se informó al rey de su fuga… persigue pertinazmente el rastro de los fugitivos siervos de Dios. Y como ya hubiese llegado al extremo de estar a punto de ser muertos a manos de los empedernidos perseguidores, atraviesan, inquietos éstos, tranquilos aquéllos, un puente sobre cierto río, y en un solo y mismo momento, por súbita determinación de Dios omnipotente, se resquebrajan los cimientos del puente que atravesaban, y se desploma desde lo alto a lo profundo del río, completamente derruido…
Después recorren el camino hasta la casa de la citada matrona y le muestran cómo la exasperada determinación del rey había querido perderles con la muerte, y lo que Dios había hecho contra él para su castigo.

Luego, con insistentes ruegos, le piden que ceda la precitada casa dedicada a los demonios, para consagrarla a Dios… Mientras ellos la urgían… a que suministrase parte del pequeño predio para enterrar el cuerpo del santísimo varón, ideada una nueva y desusada estratagema, creyendo poder matarlos con algún engaño, habló de esta manera: "Puesto que, dijo, veo vuestra intención tan decididamente inclinada a eso, y que no queréis desistir de ella, id y coged unos bueyes mansos que tengo en un monte, y acarreando con ellos lo que os parezca de más utilidad y cuanto necesitéis, edificad el sepulcro. Si os faltasen alimentos, procuraré liberalmente dároslos a vosotros y a ellos". Oyendo esto los apostólicos varones y sin percibir la hipocresía de la mujer, se marchan dando las gracias, llegan al monte y descubren algo distinto que no esperaban. Pues al pisar los linderos del monte, de pronto un enorme dragón, por cuyas frecuentes incursiones se hallaban entonces desiertas las viviendas de las aldeas próximas, saliendo de su propia guarida, se lanza, echando fuego, sobre los santos varones… dispuesto a atacarlos y amenazándolos con la muerte. Mas acordándose ellos de las doctrinas de la fe, oponen impávidamente la defensa de la cruz, le obligan a retroceder haciéndole frente y, al no poder resistir el signo de la Cruz del Señor, revienta por mitad del vientre…. Este monte, pues, llamado antes el Ilicino, como si dijéramos el que seduce, porque con anterioridad a aquel tiempo sostenían allí el culto del demonio… fue llamado por ellos Monte Sacro, es decir, monte sagrado.
Y al ver desde allí corretear los bueyes que arteramente se les había prometido, los contemplan bravos y mugientes, corneando el suelo con su elevada testuz, y golpeando fuertemente la tierra con las pezuñas. Y de pronto, mientras corriendo unos tras otros por la dehesa representaban una cruel amenaza de muerte con su peligrosísima carrera, tanta mansedumbre y lentitud se apoderó de ellos, que los que al principio se acercaban corriendo para ocasionar una catástrofe impulsados por su atroz bravura, luego con la cerviz baja confían espontáneamente su cornamenta en manos de los santos varones.
Los portadores del santo cuerpo, acariciando a los animales que se habían convertido de salvajes en dóciles, sin tardanza les colocan encima los yugos y, marchando por el camino más recto, entran en el palacio de la mujer con los bueyes uncidos. Ella, ciertamente, estupefacta, reconociendo los admirables milagros, movida por estas tres evidentes señales, se aviene a su petición, y perdida su insolencia, tras haberles entregado la pequeña casa y haberse regenerado con el triple nombre de la fe, se convierte en creyente del nombre de Cristo con toda su familia… Y cavado profundamente el suelo, tras haber sido aquéllos destruidos y convertidos en menudo polvo, se construye un sepulcro, magnífica obra de cantería, en donde depositan con artificioso ingenio el cuerpo del apóstol. Y en el mismo lugar se edifica una iglesia del tamaño de aquél que, adornada con un altar, abre una venturosa entrada al pueblo devoto.”
Todos estos ejemplos, que acabamos de relatar, tuvieron su continuidad en el mundo cristiano, donde la costumbre de transportar en un carro tirado por bueyes las imágenes sagradas, durante los desfiles procesionales, sigue siendo una prácticas tan habitual como abundante y que serán objeto de tratamiento en el siguiente artículo.

BIBLIOGRAFIA
--Cristina Delgado Linacero.- “El toro en el Mediterráneo”
--Lara Peinado y Córdoba Zoilo, “El Mediterráneo Oriental” Historia del Arte nº 6
--James George Frazer “La Rama Dorada, Magia y Religión”, pag.407
--Elisa Castel.- “Diccionario de mitología egipcia
--Mircea Eliade.-”Historia de las creencias y de las ideas religiosas”
--Diodoro Sículo (90-fines s. I a.C.) Historiador griego, “Biblioteca Histórica”
--Biblia Nacar Colunga, Biblioteca Autores Cristianos.

viernes, 30 de abril de 2010

RIEGO DE PLAZA (Curiosidades) / Por Plácido González Hermoso



Por Plácido González Hermoso
Un acto rutinario que presenciamos con frecuencia, durante el desarrollo de cualquier corrida de toros, es el riego del ruedo o “piso de plaza”. Ese riego se hace imprescindible cuando la sequedad de la arena del ruedo provoca las molestas nubes de polvo, que son levantadas por el toro en sus desplazamientos, convirtiendo la atmósfera en irrespirable y cegadora, a veces, para toreros y espectadores. Por lo general estos riegos se dispensan antes de comenzar el festejo y al finalizar el arrastre del tercer toro.

En la actualidad, debido a los avances tecnológicos, las plazas se riegan mediante modernos aspersores, situados en el centro y bajo el estribo de la barrera de algunas plazas, e incluso se utilizan para refrescar los tendidos de sol, en aquellas plazas donde el tórrido calor se hace presente de forma implacable, sobre los acalorados y enrojecidos espectadores, como en Murcia o Granada, por poner un ejemplo.

Muchos de los aficionados actuales no conocen otra forma de regar la plaza que, a lo sumo, la utilización de mangueras de riego, o por medio de grandes camiones, los cuales asperjan el líquido elemento por medio de unos abanicos hídricos que van aplacando el polvo, tras una serie de giros concéntricos por el albarizo albero.

Antiguamente se hacía imprescindible dicho riego cuando las compañías de alabarderos finalizaban el “despejo de plaza”, dado que el ruedo era inundado por riadas de espectadores a los que la “autoridad” debía convencer “a palos” para que abandonasen el ruedo y no se demorase el comienzo de la corrida.

Sabemos que esta necesidad, más que costumbre, que también, se remonta a la más lejana antigüedad, o en el caso que nos ocupa, desde que se celebran festejos taurinos en plazas o recintos cerrados.

Las formas y maneras de realizar estas operaciones han variado, en consonancia con la evolución natural de los medios disponibles empleados para su ejecución. La diversidad de herramientas utilizadas fueron igualmente tan variadas, como las formas y diseños que cada fabricante imprimía a sus artilugios.

Datos y casos curiosos habrá tantos como celebraciones hubo. Posiblemente cualquiera aficionado puede conocer tantos o más de los que aquí se relatan, mas solo puedo aportar algunos datos de los que pacientemente he podido conocer y que estimo curioso relatar.

Por lo general, el riego de las plazas de toros se hacía mediante la utilización de carros que portaban unas cubas llenas de agua. Otras veces, o allá donde no dispusiesen de esos medios de transportes, se realizaba a mano, mediante cubos llenos de ese líquido elemento.
Carro cuba de sanidad

Los carros-cubas que antiguamente se utilizaban en cada plaza, por lo general eran contratados por las autoridades del lugar con los dueños de los carros, cuyos vínculos se renovaban en cada festejo o por temporadas. Podría decirse que eran profesionales del riego, ya que la destreza y eficacia en la ejecución de su cometido les hacía acreedores a la contratación continuada o permanente.

A fin de poder realizar de manera más efectiva el riego de la plaza, de modo que no se produjesen encharcamientos en el ruedo, los carros llevaban en la parte posterior, amarrados a la espita o grifo de las cubas, unos haces de ramajes que, una vez abierto el grifo, empapaban de agua todas las ramas y de esta forma goteaban con lentitud y distribuían mejor el líquido. Por lo general estos haces de ramas solían tener una longitud de dos metros, con lo que conseguían regar, de una sola pasada, una buena superficie del ruedo, ya que casi siempre se usaban varios carros a la vez.

En muchos lugares se los conocía como “carros en rama” y en otros, como en Madrid, “mangueros” ó “piperos” etc., apelativos estos últimos que también se aplicaban a los que ayudaban a los “carreros” a regar las plazas.

Esta forma de riego era muy frecuente en las plazas de toros, existiendo constancia de su utilización en Madrid en 1623, tal como lo glosó en unos versos del entremés “Baile de los toros”, el célebre Quiñones de Benavente (1589-1651, maestro del “entremés” y amigo de Lope de Vega):

“Antes de cerrar las puertas
a regar salen la plaza
carretones enramados
que traen el agua encubada”.(2)

Por aquellas calendas, al margen de los ajustes con los dueños de los carros, a los auxiliares de los “carreteros”, que ayudaban a regar la plaza de Madrid, se les pagaba en especie, como se cita en una nota del Ayuntamiento de la Villa y Corte que ocurrió en la segunda corrida, en la primera plaza redonda construida: “A Isidoro Rodríguez, alguacil mayor de la limpieza, para que los mangueros de la villa tomaran un refresco, por haber regado la plaza en la segunda fiesta, 60 reales, que no se cargan en cuenta porque los cedió por vía de limosna. Pan dado a dichos mangueros el día 7 de agosto, por la mañana, en que se celebró la primera corrida, 10 reales...”(5)

En la tauromaquia de Guerrita se describe la referida plaza de este modo: “En tiempos de Felipe IV (1621-1665) se construyó una Plaza de madera en las inmediaciones del palacio del Buen Retiro, en un sitio que tenía 608 piés de largo, 480 de ancho, y en toda su circunferencia 408 balcones, cubriéndose la fábrica de tejados fingidos de madera teñida de rojo”. Sigue diciendo la citada tauromaquia que: “se desplegó en su construcción inusitado lujo, como lo prueba el que los balcones, que estaban al exterior, tuvieran barandillas de plata y oro, y por dentro, perfectamente colgados de variedades de sedas y tapices...”. (6)


Corrida Regia

Con plazas como esas, con semejante despliegue de lujosas colgaduras, no es de extrañar que el riego de la misma fuese más que necesario, imprescindible y obligado, para que el polvo no empañase ni eclipsase la brillantez de tan suntuoso recinto.

En muchas ocasiones las inclemencias meteorológicas hacían innecesario el riego de la plaza, al hacerse presente la beneficiosa lluvia, acontecimiento que el mismísimo e inmortal Quevedo (1580-1645) versificó en “Fiestas de toros, con rejones, al Príncipe de Gales, en que llovió mucho”:
“Las nubes, por más grandeza,
en concertada cuadrilla,
fueron carros de la villa,
por hacer fiesta a su alteza”.(4)

Esa lluvia milagrosa para unos y todo lo contrario para otros, a veces llegaba con las precipitaciones ajustadas a la propia necesidad, como comentó un aficionado de Pamplona, en los San Fermines de 1.628:
“A las doce del día previno el cielo un aguacero, que no sólo excusó el trabajo de regar la plaza, pero la dejó tan apta y a propósito, que en toda la tarde no hubo género de polvo”.(2)

En Pamplona, al igual que en otros lugares, se tiene constancia de los pagos realizados, tanto a los carreteros como a sus ayudantes, como ocurrió en 1630, en cuyos libramientos se especifica el número de seis carreteros, así como la existencia de un peón “que trajo seis ramos”, igualmente se especifica el pago “por el cordel para atar los ramos...”.

Es curioso comprobar cómo se pagaba más por los aderezos de los carros que por el alquiler de los mismos carros, como consta en un libramiento que ocurrió en 1641: “...a Juan de Irañeta, cubero, vecino de la Ciudad, treinta y cuatro reales, por el aderezo de las pipas que suelen regar la plaza el día de los toros, incluyéndose en la sobredicha suma cuatro reales de liz y estopa, y así bien los oficiales que trabajaron en la dicha obra”. (2)

Otra forma curiosa de regar la plaza, es la que se realizó en unas fiestas de Toros en la Villa y Corte en 1690: ”...Ya a este tiempo estavan puestos en fila los que avian de regar la Plaza, con sus carros vistosamente aderezados de ramos verdes, y en ellos las cubas, esperando el orden para executar su oficio; el cual dado, arrancaron a un tiempo todos, vertiendo con igual proporción arroyos de agua, que muy en breve apagaron el polvo que avia despertado el tropel, trasago, y bullicio de la gente ...”(3)

Al igual que ocurrió cuando Quevedo versificó el riego de la plaza por la lluvia, también en Pamplona se lamentaron en 1690, por el pago realizado a un “...comportero, veinte reales, por haber compuesto pipas y canillas con que se riega la Plaza del Castillo para las corridas de las fiestas de toros, que se corrieron en las fiestas del Glorioso San Fermín, Patrón de este Reino, y por el casamiento del rey Nuestro Señor (se refiere al casamiento de Carlos II “el Hechizado” con Mariana de Neoburgo, su primera esposa Maria Luisa de Orleáns falleció en 1689), aunque en ninguna de dichas ocasiones fue necesario, a causa de las muchas aguas que cayeron...”(2)

D. José de la Tixera, al comentar la corrida del 22 de septiembre de 1.789 en la Plaza Mayor de Madrid, con motivo de la coronación del rey Carlos IV y la jura de su hijo el Príncipe de Asturias, dice que tras desfilar los Alabarderos que despejaron la plaza: “...salieron de la puerta que está frente al balcón del Rey, cuatro comparsas o danzas de crecido número de chicos, como de 10 años, vestidos de corto (aunque no en el buen gusto y esplendidez) con diferentes uniformidades, conduciendo cada cual un par de cubos o barrilitos de baqueta con agua; y capitaneados por dos mancebos mayores, al son de la armoniosa música que los acompañaba, marcharon de frente, al mismo tiempo que a los referidos mancebos suministraban ordenadamente los chicos el agua con que fueron regando hasta el medio de la plaza en donde hicieron alto y los acatamientos mas reverentes a SS. MM. Y formando un cordón con los enunciados cubos, empezó cada cuadrilla, con suma igualdad a ejecutar varias mudanzas (figuras) de Arcos, Estrellas, Ruedas, Cadenas, Castillos y otras semejantes con mucho primor.... A fin de que guardase consecuencia lo suntuoso y magnífico de cuanto va relatado, aun con los trenes y utensilios de menos momento; indispensables al efecto, se construyeron mas de 20 carros perfectamente pintados que, con sus respectivas cubas, tirados de dos bien aderezadas mulas cada uno, que gobernaban otros tantos mozos gallardamente adornados; con mucho primor y en pocos minutos regaban la plaza por la mañana y tarde”. (1)
Una nota curiosa sobre el ajuste de cuberos para regar la Plaza, por el Ayuntamiento de Pamplona durante el siglo XVIII, pone de manifiesto la importancia que a estos menesteres se le prestaba: “RIEGO: PIPAS. Las pipas con que se riega la plaza el día de la corrida se tienen ajustadas con un cubero por 22 reales. Y el secretario deberá tener cuidado de que alguno de los tenientes de justicia o ministros de la ciudad solicite los carros y carreteros necesarios para que ejecuten dicho riego. También tendrá cargo el secretario de dar las órdenes convenientes a los ministros para que a una con los carreteros “enramen” los carros y llenen las pipas, llevándolas para este efecto al río, de forma que estén a tiempo cerca de la plaza, en la parte del convento de Descalzas, y puedan cuando sea hora entrar sin la menor tardanza, respecto a que sería irreparable que no estuviesen prontos, por lo que se repite el cuidado al secretario”.(2)
En otras ocasiones no se utilizaron los carros enramados, sino otros artefactos, como los utilizados en Pamplona en los San Fermines de 1774, según se cita en el Acta correspondiente: “... luego se regó no con carros, como otros años, sino a brazo con unas bombas, o instrumentos de nueva invención que desde las compuertas hacían saltar el agua a donde querían dirigirla los regadores; concluido el riego se sentaron...”, más adelante se hace constar las remuneraciones dadas por tales servicios:“...a M.F.L. tesorero, se le ordena pague a F... empedrador y fontanero y a L..., calderero y compañeros, ochenta y nueve reales y ocho maravedís por el trabajo de haber regado la plaza a brazo la tarde de la corrida, con unos instrumentos de nueva invención hechos por dicho M., incluso el perjuicio que padecieron estos, el que también tuvieron las compuertas que se emplearon, el pintarlas y jornales de los hombres que se ocuparon en dicho riego y aprontó el agua necesaria”.(2)

Estas maniobras se ejecutaban inmediatamente anterior a ocupar los palcos o balcones las autoridades que presenciasen la corrida, y a medida que se iba despejando la plaza de los espectadores que deambulaban por el ruedo.
Hasta hace 50 ó 60 años era frecuente, en muchas partes de España, regar carreteras o espacios públicos con carros enramados con haces y follaje, adosados a las espitas de las cubas o con otros “Vetusto artilugio de hídricos mostachones” que diría el recordado Matías Prat


Todos hemos contemplado, en alguna ocasión, el riego de las diferentes plazas que hemos visitado, no solo mediante camión cuba o tractor con remolque cuba, además del uso casi permanente de la conocida manguera, que tomaba el agua desde el centro de la plaza, conocido por “boca de riego”, que después se protege y disimula con un poco de cal blanca.

Con todo esto creo es suficiente para darse idea de lo añejo del riego de las plazas de toros, en esta España nuestra de “la piel de toro”.

Plácido González Hermoso

BIBLIOGRAFÍA

1.- José Mª Gutiérrez Ballesteros, “Conde de Colombí”.- “Fiestas Reales de Toros, 1789” Unión de Bibliófilos Taurinos 1956. Pag. 26

2.- Luis Del Campo, Pamplona y toros, siglo XVII, pag. 56

3.- Fiestas de Toros en la Villa de Madrid, 1690.- facsímil, Feria del libro antiguo y de ocasión, Madrid 1982.

4.- Francisco de Quevedo y Villegas, “Obras completas”. Verso. Ed.Aguilar. Madrid1952, pag. 200.

5.- Baltasar Cuartero, “Historia de la primera plaza circular de toros construida en España”, pag. 73. Madrid 19576.- Tauromaquia de Guerrita, tomo II, pag. 931



Fuente: TAUROFAGO



viernes, 9 de abril de 2010

CORRIDAS PAPALES / Por Plácido González Hermoso

Por Plácido González Hermoso

Tal vez pudo parecer sorprendente lo expuesto en mi artículo “Curas Toreros” sobre las aficiones clericales a las corridas de toros (podéis leerlo en http://taurofago.blogspot.com/2010/02/curas-toreros-curiosidades.html), y los correspondientes desencuentros con las autoridades eclesiásticas. De su lectura pudo deducirse que tal afición solo arraigaba entre curas de pueblo, novicios o seminaristas.

Mas a pesar de lo sorprendente que pudiera parecer y como contradicción a las prácticas imperantes en la Santa Iglesia Católica, que decretaron varias prohibiciones papales contra las corridas de toros, intentando su total abolición en los reinos cristianos, también en la cuna de la Curia Romana se realizaron muchas corridas o cazas de toros, como así se las conocía en Italia, “en donde se corrían también, pero enmaromados y con perros, y aún hoy se observa en Italia;...”, según cita D. Nicolás Fernández de Moratín en su “Carta Histórica”(1775).

Ese mismo autor, en igual obra, sigue diciendo:
“y no pudo ser menos que con este desorden y atropellamiento, la fatalidad que acaeció en Roma el año 1332, cuando murieron en las astas de los toros muchos plebeyos, diez y nueve caballeros romanos, y otros nueve fueron heridos; desgracia que no se verifica en España siendo el ganado mucho más bravo. Por este suceso se prohibieron en Italia ese año”.

Las fiestas a que se refiere Moratín se dieron en tiempos del Papa Juan XXII (1316-1334), el que instituyó el famoso “Tribunal de la Santa Rota” de Roma, aunque es de justicia señalar que éste Papa nunca estuvo en Roma, ya que su papado transcurrió enteramente en la sede de Aviñón (Francia), que fue la sede papal mientras duró el llamado “Cisma de Occidente”.

A pesar de lo que dice Moratín, el desorden imperante en la mayoría de los festejos, romanos y españoles, provocaba que más de un clérigo denunciase los desmanes que se producían en dichos eventos, como lo reseña el Padre Pedro de Guzmán en su obra ”Bienes del honesto trabajo y daños de ociosidad” cuando dice: “Es desgracia corriente tirar al toro una vara y clavarse en la cabeza o pecho del que está en el tablado”.
Por diversos autores tenemos conocimiento de varias celebraciones de corridas de toros en el mismísimo Vaticano.

Una de las ocasiones en que estas fiestas taurinas se celebraron en Roma fue en tiempos del Papa español Alfonso Borja, conocido como Calixto III (1455-1458), miembro de una influyente familia de Xátiva y gran aficionado a la música de campanas, hasta el punto de ordenar, siendo Papa, que todos los días del año, a las doce de la mañana, todas las campanas debían hacer sonar su broncínea melodía. Ese “talante festivo” del Pontífice, unido a su raíz hispana, nos lleva a presumir que también es probable que ordenara la celebración de algún festejo taurino con motivo de la canonización, recién elegido papa, de su paisano san Vicente Ferrer, en 1.455.
Igualmente existen referencias de celebraciones taurinas en tiempos del Papa Inocencio VIII (1484-1492), quien al parecer ayudó a Cristóbal Colón en el descubrimiento de América, y se sabe que celebró solemnemente la “toma de Granada”. Suponemos que, con motivo de esas dos efemérides, las corridas de toros formarían parte de los festejos programados.
Tras la etapa de venalidad y nepotismo de Inocencio VIII, accede al solio pontificio otro español, nacido en Xátiva, de la famosa familia Borja o Borjias, para más señas, de nombre Rodrigo, que tomó el apelativo papal de Alejandro VI (de 1492-1503). Su vida disoluta y su ambición no tuvieron límites y de su relación licenciosa con una tal Vannozza Catanei le nacieron varios hijos, entre ellos César y Lucrecia, con la que el vulgo decía que, tras una relación incestuosa con su padre, tuvo un hijo conocido como “el infante romano”.
Decir en su favor, a fe de no parecer ser un verdugón, que fue el que abrió la “puerta Santa” del Vaticano y encargó a Miguel Ángel la famosísima escultura de la Piedad.

Durante su pontificado se celebraron varias corridas de toros en el Vaticano y en una de ellas murieron dos hombres. Al parecer uno de los que destacó como torero de gran habilidad fue su propio hijo César (nombrado por su padre Obispo de Pamplona a los 16 años, y en él se inspiró Maquiavelo para escribir su obra “El Príncipe”), de cuyas hazañas se levantaron algunas estelas reseñando sus proezas, como la que relataba lo ocurrido en la corrida del 24 de junio de 1.500, celebrada detrás de la Basílica de San Pedro y que :
“...se enfrentó a pié con un trapo y una espada corta a cinco toros, llegando a separar la cabeza de uno de ellos de un solo golpe”.

Esas fiestas del "cacce di tori", como se las conocía en Italia, las continuó el sucesor de Alejandro VI, el antiespañol Julio II (1503-1513). Este mecenas de las artes, como la mayoría de los papas del Renacimiento (fue el que encargó la construcción de la actual Basílica de San Pedro y a Miguel Ángel el fresco de “El Juicio Final”), también con tres hijas ilegítimas, siguió con la costumbre de celebrar corridas de toros a pesar de que:

“... ni el odio profundo que sentía a los Borjias -a quienes combatió ferozmente-, ni su antipatía a España impidieron la continuación de una costumbre tenida por genuinamente española e introducida por los Borjias”.

Otro evento conocido fue el acaecido el lunes de Carnaval de 1.519, y lo refiere el padre Julián Pereda, jesuita, que lo toma de la “Historia de los Papas” de J. Pastor y dice: “…se celebraba una gran corrida en la Plaza de San Pedro (la actual plaza se construyó posteriormente, entre 1656 a 1665, obra del escultor Bernini), a vista de León X (1513-1521, el que creó el “Monte de Piedad” para préstamos y el que excomulgó a Lutero), en la que por cierto murieron tres pobres hombres.

Les costeó el Papa los espléndidos trajes a los toreros y se echaban de menos los tiempos del Cardenal Petrucchi que, por uno solo de estos trajes para los toreros, solía pagar hasta 4.000 ducados; corridas y más corridas se siguieron celebrando en años sucesivos, aunque no siempre, ni mucho menos, a la manera española, sino despeñando los toros por el Testaccio (un monte artificial hecho con los cascotes de las ánforas de barro que allí se rompían durante siglos, y que en su mayoría procedían de España, conteniendo aceites, vinos y la famosa “garum” de Cartagena y Mazarrón, una pasta de pescado macerado en salmuera, famosísima desde los tiempos de la dominación romana), y esperando los jinetes armados que los despedazaban en su loca huída con tan poco garbo como sobrada crueldad”.

Otro tanto ocurrió en la corrida celebrada en el Capitolio, en tiempos de ese mismo Papa León X, en el carnaval del año 1.520, donde murieron dos hombres.
A este respecto, sobre las formas anárquicas de celebrarlos, nos dice el Padre Regatillo en “Casos de derecho Canónico, II” que: “innumerables gentes se apiñaban en la típica plaza de Navona para contemplar la lidia, sin que hubiera barrera ni más valla que la que ofrecían los cuerpos inermes de la multitud, se comprenderá lo brutal y condenable de tales espectáculos”.

Tras la pausa impuesta por el Saqueo de Roma en 1.527, las fiestas de carnaval volvieron a celebrarse en el año 1536, con la parcticipación popular, en la que: “se despeñaron por el Testaccio carros cargados con cerdos y unas corridas de toros en la que se despeñaron trece toros, que luego fueron despedazados a mandoble por caballeros que los esperaban en la caída”.

Otra fiesta de cacce di tori fue la que dispuso el Papa Paulo III en 1539 (el que convocó el Concilio de Trento, uno de los más importantes de la Iglesia Católica, y el que aprobó la fundación de los Jesuitas), para celebrar los esponsales de Octavio Farnese con Margarita de Austria, más conocida como Margarita de Parma, hija natural del Emperador Carlos V, que como podrán suponer estuvieron revestidas de la mayor suntuosidad y adornamiento.

Muchas corridas más se siguieron celebrando en años sucesivos en las que no faltaron, junto a las corridas de toros, carreras por la vía del Corso, a las que asistió como espectador Julio III (1550-1555), el que, por temor a perder las prerrogativas papales, clausuró el Concilio de Trento.

“En 1556, el poeta francés J. du Bellay todavía pudo contemplar una corrida de toros en el carnaval romano, lo que le motivó para escribir tres sonetos, que reunió en su libro Regrets, donde cantó la suerte de la suiza…” según dice Flores Arroyuelo.

Once años después, de la muerte de Julio III, llegarían las famosas prohibiciones pontificias a las corridas de toros. El primero en intentarlo fue Pío V, quién ordenó al Gobernador de Roma que las prohibiese, bajo pena de muerte a quienes no acatasen la orden.

A decir verdad ni la Bula Salute Gregis de Pío V en 1567, ni la Exponis Nobis de Gregorio XIII en 1575, ni el Breve Nuper Siquidem de Sixto V en 1586, surtieron verdadero efecto en España, por diversas razones. Más eso pertenece ya a otro asunto, que tal vez desarrollaremos en otra ocasión.

Plácido González

BIBLIOGRAFIA -

Luis del Campo, “Pamplona y Toros. Siglo XVII”-

Vargas Ponce, “Disertación sobre las corridas de toros”

- Luis del Campo “La Iglesia y los Toros”

- Julio Caro Baroja “El estío Festivo”-

Francisco Flores Arroyuelo, “Correr los toros en España”

- P. Julián Pereda, S.J. “Los toros ante la Iglesia y la Moral”

- Urbano Esteban Pellón, “El Toro Solar”

- Padre José M.March, S.J., “Razón y Fé”

- Julio Gutiérrez Marqués, “Tauromaquia en tres tiempos”